Archivo del mayo de 2011

New Mexico

Hace ya días que no escribo en el blog. Y algunos días también que regresé de New Mexico. Digamos que no me apetecía, y la razón principal se entenderá pronto. Pero el viaje por estas tierras, el paseo por el inglés, está tocando a su fin, y me he decidido a contar mi paseo por New Mexico, aunque sea casi en titulares.

Y es que no podría dejar de hacerlo. Los días vividos en este Estado han sido magníficos, por muchas razones. Comencé con una experiencia “couchsurfing” en El Paso (visitar www.couchsurfing.org para saber qué es eso), tras un entretenido viaje en tren de 30 horas. Allí dormí en casa de Russ, un tipo interesante de 65 años, con el que compartí una noche y una grata conversación. De allí fui a Santa Fe donde me esperaban Jane, Sandy, Isabel y Dan. No puedo decir salvo cosas buenas de todos ellos. Me invitaron a cenar y luego fuimos a casa de Isabel y Dan que era el alojamiento que me habían preparado para los días que iba a pasar en Santa Fe. Dan es afinador de pianos (tremendo experto, un figura) y fue a través de afinar el piano de Jane como se conocieron y comenzaron a hacer amistad. Y esa naciente amistad con Jane permitió que ante mi venida a Santa Fe, su hogar pasara a ser el mío. Dan e Isabel iban a alojar a un desconocido en su casa, así sin más. Estaban haciendo “couchsufing” sin saberlo, je. Y resultó ser “couchsurfing” de lujo, mejor que en el mejor hotel, desde luego.  He pasado unos días muy agradables en compañía de esta encantadora pareja. El se pasó por España hace un buen puñado de años con la intención de aprender a tocar la guitarra clásica. Lo de la guitarra tuvo un devenir incierto, pero no sólo de guitarra vive el hombre y su paso por España le regaló a la encantadora Isabel, filóloga inglesa y madrileña ella, que terminó por dejarse convencer para intentar la aventura americana… Y desde entonces, ya han pasado más de 20 años en este contradictorio país, primero en el árido Texas y desde hace un par de años en su nueva etapa en la sin par Santa Fe. Son mis nuevos amigos en esta ciudad. Y ellos saben que tienen a un nuevo amigo en España.

Mi paso por Santa Fe estuvo marcado por las relaciones humanas. Marisa y Mathias montaron la primera fiesta a la que acudieron incontables personas, algunas ya conocidas del año anterior. Con lo tímido que yo soy, eso de que monten un sarao para recibirme y sentirme el centro de las miradas, no lo acabo de llevar bien… Pero bueno, disfruté mucho del momento y me sentí realmente colmado por tantas atenciones. Un auténtico privilegio, sin duda. Marisa, sevillana que lucha por no perder su acento tras 10 años aquí, pero que todavía conserva el natural gracejo de su tierra, preparó una suculenta paella. Y no faltó el flamenco, desde luego. Pero Marisa se tuvo que buscar a otra pareja de baile que no fuera su adorable marido, porque Mathias tenía la excusa de que ser alemán le eximía de saber bailar, y mucho menos flamenco…

Jane estuvo impresionante, una perfecta dama de ceremonias. Se esforzó para que mi estancia en Santa Fe fuera perfecta. Para quien no lo sepa, Jane es mi nexo de unión con Santa Fe. Y a ella llegué a través de Mónica, vieja amiga de mi época en la Universidad Laboral de Tarragona, que fue a trabajar cuatro años a Santa Fe y es la que me puso en contacto con Jane el año pasado. Desde entonces, Jane y yo no hemos dejado de escribirnos y de corregirnos nuestros escritos en las respectivas lenguas, y por fin hemos tenido la posibilidad de encontrarnos de nuevo. Jane es un ejemplo de lo que es la pasión por vivir. A sus 65 años, su deseo por aprender es más fuerte que el que poseen los niños cuando todavía no se les ha castrado esa avidez natural por absorber todo lo que sucede a su alrededor. Está aprendiendo español (con unos progresos realmente espectaculares; eso me hace mantener la esperanza en mi lucha con el inglés, jeje), está aprendiendo piano (y vaya cómo toca el piano la moza…), está colaborando en una organización que no recuerdo ahora lo que hacen, y bueno, está metida en otros variados asuntos.  No para. Y no deja de sonreír, se nota que es feliz. Y su marido Sandy, entrañable persona, si bien lleva una vida más relajada no se queda muy atrás: es algo mayor que Jane y todavía sigue trabajando de monitor de esquí… Y yo que ya he dejado de esquiar porque creía que a mi edad ya no era conveniente hacer esas cosas…!

Jane montó otra fiesta, magnífica por su puesto, con incontables seres humanos también. Y una vez más me sentí arropado, querido y agasajado sin entender muy bien porqué. Siempre he pensado que soy un tipo con suerte. Con mucha suerte, la verdad. Dicen que la suerte hay que buscarla también, y que hay que poner de tu parte, y yo lo hago; pero no siempre que uno pone de su parte la suerte tiene a bien sonreírle. Pero a mí me ha ido muy bien, soy muy afortunado.

De todos estos eventos, he puesto fotos en el “feisbuk”, que es más sencillo que ponerlas en el blog, así que ahí se puede echar un vistazo.

Fotos

Tras todos estos magníficos momentos pasados en Santa Fe, alquilé un coche y me fui a visitar el norte de New Mexico. Podría estar escribiendo unas cuantas páginas de todos los sorprendentes lugares que he visitado. Le llaman “Enchanted land” a New Mexico, y no les falta razón. Pero no voy a hacerlo ahora, dejo estas historias para cuando esté por España y el calor del verano nos convoqué frente a una mesa llena de cervezas fresquitas. Y no lo voy a hacer también porque el paseo por el norte estuvo marcado por una noticia que recibí una fría mañana en la que la tremenda nevada que estaba cayendo me había hecho detenerme. Encontré un lugar donde mirar el correo electrónico y vi un mensaje de Vicent, un amigo de Castellón. Su mujer, y también amiga, María José, llevaba luchado contra un cáncer desde marzo. La cosa no pintaba bien, pero ya se sabe cómo son estas cosas, la esperanza y la suerte son importantes. Pero es lo que decía antes de la suerte, nunca está claro a quién va a sonreír. Y tengo claro que Vicent y María José se lo merecen como los que más. Pero no. El correo era para contarme la maldita noticia de que María José se estaba muriendo. Inútil explicar mis sentimientos en aquel momento, y cómo lloré, igual que estoy llorando ahora mientras escribo esto.

Ha sido un final de viaje muy emotivo. Llevo todos estos días tratando de apañarme con un puñado de sentimientos que se amontonan en mi corazón y que me están superando. Me estoy viendo estos días con toda la gente que aquí he conocido y nos despedimos con una mezcla de alegría por las amistades que han comenzado a existir y tristeza por decirnos adiós. Al igual que le tengo que decir adiós a esta ciudad que se ha convertido en un nuevo hogar para mí; y todo esto con la terrible realidad de esa fatal noticia que está ahí en el fondo de mi mente presente todo el rato.

Caía la nieve poco antes de leer aquel correo. El tremendo frío y la fuerte ventisca dibujaban un día de turismo aciago. Yo miraba todo eso encerrado dentro del coche y pensaba que era una pena que hubiera amanecido así el día, pero de todas formas no me resultaba desagradable, no me disgustaba la situación; era un día más, un día en el que estaba disfrutando de mis vacaciones en un lugar lejano y hermoso. Aquella gélida mañana, definitivamente, tenía su encanto. Y fue entonces cuando leí el mensaje.

Ese es el sentido de la vida, el simple pero milagroso acontecimiento de levantarlos cada día, respirar hondo, y darnos cuenta de que estamos vivos. María José se va, como nos va a tocar marcharnos a todos y cada uno de nosotros tarde o temprano. Vicent va a tener que sacar las fuerzas de donde no las tiene ahora, y tirar para adelante porque Laura, su hija de apenas un año, tiene aún mucho por vivir. Y ahí radica todo, en intentar superar el dolor cuando llama a nuestra puerta, y volver pronto a sonreír de nuevo y ser felices por el simple hecho de ver amanecer un día más.

Jazz Fest

Sonny Rollins cerró el Jazz Fest de este año. Su espalda de 80 años se encorvaba por el peso del saxofón, y sus torpes paseos por el escenario hacían temer una caída en cualquier momento. Pero no se cayó. Ni tampoco calló prácticamente ni un instante el sonido de su saxo. El desgaste de los años se dejaba notar, sus dedos hacían lo que buenamente podían, y no era poco, la verdad. Pero lo fascinante de este concierto fue el poder deleitarse con ese espíritu incombustible, con ese joven de 80 años que se lió a tocar refrescantes calipsos mientras no dejaba de sonreír y disfrutar como el que más. Mientras le observaba con la boca abierta, me recordaba al abuelo Capapé, entrañable ser humano que tocaba el saxo en la banda del pueblo, y que con una edad similar a la de Sonny, se pasaba el día entero tocando alegres pasodobles. Creo que su familia se dio cuenta de que había muerto cuando se percataron de que hacía mucho rato que no sonaba su saxo…

Y me quedé sin ver a Lionel Ferbos, que tocó uno de los días que no fui al Jazz Fest. Pero si que lo pude ver durante el French Quarter Festival, soplando con su trompeta temblorosas notas ante la mirada atónita de todos los que allí disfrutábamos de ese personaje que en julio de este año cumplirá 100 años. Y no me olvido de otro Lionel al que sí que ví en el Jazz Fest, “Uncle” Lionel Batiste, también de 80 años, que con su eterno bombo colgando y la gorra de su banda Treme, es uno de los iconos de New Orleans.

Se aprende mucho cuando estás cerca de estos personajes. Pero no es música lo más importante que uno puede aprender de ellos, si no que nos enseñan que la vida se puede vivir con ilusión hasta el final, y que eso es precisamente lo que le da sentido a nuestra existencia. Ciertamente, estos chicos morirán de jóvenes.

Y por lo que respecta a mí, decir que he tenido el enorme privilegio de estar también ahí, encima de uno de esos escenarios. Inolvidable, sin duda.

Para ver más fotos del Jazz Fest, pinchar aquí para ir al feisbuc.

 

The 7th ward. Episode 13 (penultimate)

El domingo amaneció pronto para mí porque me fui a correr una 5K, una vez más con un calor y humedad sofocantes. Hacer 20:43 fue una sorpresa, pero mayor fue el pasmo cuando llegué a casa y me encontré a Tucker haciendo negocios con un tipo que llevaba en un remolque un montón de chapas. Se trataba de un cobertizo prefabricado de esos que se usan para meter trastos. ¿Era donde Tucker pretendía que nos metiéramos a dormir toda la semana? No, por suerte se trataba de otro asunto. Lo quería para meter todos sus trastos ahí dentro y así dejar la casa un tanto despejada.

Llamó a su amigo Mike, uno de nuestros vecinos, y se liaron con el montón de chapas, los cientos de tornillos y un manual de montaje de decenas de páginas que prometía una larga y entretenida jornada de domingo… Pero cuando apenas habían empezado a montar el chamizo, llamaron a la puerta. Salí a ver quién era y… ¡oh, sorpresa!, aparcado en la puerta había otro engendro como el que salió chirriando rueda el viernes y un tipo preguntando por Tucker. Me metí en la habitación, me senté, respiré hondo, y me relajé.

Fue una mañana de domingo provechosa para Tucker, había comprado dos “casas” como quien sale a comprar el pan. Estaba emocionado, se le veía radiante, había solucionado por cuatro perras todos sus problemas para la próxima semana. Sus trapicheos estaban saliendo bien de nuevo. Lo que sucede es que una observación cercana de la caravana, me convenció de inmediato de que ese no era el lugar donde yo quería vivir toda la semana. Había llegado el momento mandar un mensaje de S.O.S. a Iván, al cual respondió al poco rato, y me confirmó que su puerta estaba abierta para mí. Tucker me dijo que me podía quedar esa noche, ya que los inquilinos temporales llegaban al día siguiente, así que acepté la invitación, y quedé con Iván en trasladarme al día siguiente.

Pero a decir verdad, estos últimos momentos con Tucker han sido realmente extraños. Me pasé todo el domingo empaquetando mis cosas con una extraña melancolía, dándome cuenta de que había acabado una etapa en la que a pesar de todo, había estado muy a gusto. Tucker de vez en cuando pasaba por el cuarto y nos mirábamos dándonos cuenta de que la situación que estábamos viviendo, no nos dejaba indiferentes. Nos sinceramos y admitimos abiertamente que nos íbamos a echar de menos. Sí, han sido 3 meses y medio en 1358 Saint Anthony realmente intensos, en los que hemos aprendido a “soportarnos” mutuamente. Los dos nos dábamos cuenta de que no había sido sencillo, pero que se habían creado unos extraños lazos entre nosotros. Fue emotivo, la verdad.

El lunes, después de la escuela, volví a la casa que en breve iba a dejar de ser mi hogar, y terminé de empaquetar las cosas. Esperé a que me llamara Iván y entonces llegó el momento de partir. También era ese el momento para que Tucker me devolviera el depósito de 400 dólares. No lo tenía… Lógico por otra parte: se había gastado todo su dinero en el mercado inmobiliario… Me dijo que iba a conseguirlo en breve, que no me preocupara. Ciertamente no estaba preocupado, me sentía simplemente raro. Salía del que había sido mi hogar durante los últimos meses y esta vez era para no volver a dormir ya en él. Sí, era raro.

Parte de las maderas y chapas que iban a formar la casa.

Varias horas después, lo consiguieron, la casita se mantenía en pie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este "objeto" es el que llegó, así tal cual...

La caravana mostrando todo su esplendor!

I woke up early on Sunday morning since I had joined a 5K race, again with terribly burning and humid weather. Finishing up in 20:43 was a surprise; but it was even more surprising when I got home and I found Tucker making business with a man next to a SUV grabbing a small trailer which was carrying a bunch of metallic sheets. It turned out to be a tiny prefabricated “warehouse,” one of those to put in all the house stuff you don’t know where to put it. Would Tucker dare to use it as our shelter for the whole week?  No, luckily it was the place to put in all his stuff stocked in the house, actually. He needed to clear up the house a little for the new guests.

He called his friend Mike, who is one of our neighbours, and they were all day long working hard with the metallic sheets, hundreds of screws, and dozens of directions pages, which promised him to enjoy a long and entertaining Sunday… But, when they barely started to work on the hut, someone knocked at the door. I went out to see who it was and, oh surprise, there was another freak RV like the one which run away screeching a couple of days ago, and there was a man looking for Tucker. I sat down in my room, took a deep breath, and relaxed.

It was a profitable Sunday morning for Tucker. He had bought two “houses” as easy as going shopping for some bread. He was really excited. He had sorted out his guests’ problems with a fist of dollars. His shady deals were working out again. But after a closer look at the RV I realized that I didn’t want to spend the whole week into that piece of… There was the moment to ask for help to Iván, who answered me back in a short while, and he told me that his door was open for me, I had nothing to worry about. Tucker pointed out that I could sleep that night in the house since the guests were not coming until next day. I accepted and told Ivan I would move in his place on Monday.

But, to say the truth, the last moments lived with Tucker had been quite strange. I spent all Sunday packing while feeling sort of melancholy. I realized that this stage was at least over; but nevertheless, it had been a really pleasant time. Tucker was going back and forth across the room and we sometimes looked at each other realizing that this situation was meaningful for both. One of the times, we both admitted that we were going to miss each other. It’s been three and half intense months in 1358 Saint Anthony learning how to get along. We both realized that it hadn’t been easy at all, but we had nurtured some odd bonds. There was an emotive moment, it’s true.

After the school on Monday, I headed back to my almost-not-any-more home, and I finished up packing my stuff. I was waiting for Ivan’s calling and also for getting back the $400 deposit from Tucker. He didn’t have it… It was logic: he had spent all his money at the real state business… He told me that he would briefly get it, that there was no reason for me to worry about. I certainly wasn’t worry, I just felt odd. I was leaving the place which had been my home for the last months, and this time I was not going back to sleep there anymore. Yes, it was weird.

WP SlimStat