Hace ya días que no escribo en el blog. Y algunos días también que regresé de New Mexico. Digamos que no me apetecía, y la razón principal se entenderá pronto. Pero el viaje por estas tierras, el paseo por el inglés, está tocando a su fin, y me he decidido a contar mi paseo por New Mexico, aunque sea casi en titulares.
Y es que no podría dejar de hacerlo. Los días vividos en este Estado han sido magníficos, por muchas razones. Comencé con una experiencia “couchsurfing” en El Paso (visitar www.couchsurfing.org para saber qué es eso), tras un entretenido viaje en tren de 30 horas. Allí dormí en casa de Russ, un tipo interesante de 65 años, con el que compartí una noche y una grata conversación. De allí fui a Santa Fe donde me esperaban Jane, Sandy, Isabel y Dan. No puedo decir salvo cosas buenas de todos ellos. Me invitaron a cenar y luego fuimos a casa de Isabel y Dan que era el alojamiento que me habían preparado para los días que iba a pasar en Santa Fe. Dan es afinador de pianos (tremendo experto, un figura) y fue a través de afinar el piano de Jane como se conocieron y comenzaron a hacer amistad. Y esa naciente amistad con Jane permitió que ante mi venida a Santa Fe, su hogar pasara a ser el mío. Dan e Isabel iban a alojar a un desconocido en su casa, así sin más. Estaban haciendo “couchsufing” sin saberlo, je. Y resultó ser “couchsurfing” de lujo, mejor que en el mejor hotel, desde luego. He pasado unos días muy agradables en compañía de esta encantadora pareja. El se pasó por España hace un buen puñado de años con la intención de aprender a tocar la guitarra clásica. Lo de la guitarra tuvo un devenir incierto, pero no sólo de guitarra vive el hombre y su paso por España le regaló a la encantadora Isabel, filóloga inglesa y madrileña ella, que terminó por dejarse convencer para intentar la aventura americana… Y desde entonces, ya han pasado más de 20 años en este contradictorio país, primero en el árido Texas y desde hace un par de años en su nueva etapa en la sin par Santa Fe. Son mis nuevos amigos en esta ciudad. Y ellos saben que tienen a un nuevo amigo en España.
Mi paso por Santa Fe estuvo marcado por las relaciones humanas. Marisa y Mathias montaron la primera fiesta a la que acudieron incontables personas, algunas ya conocidas del año anterior. Con lo tímido que yo soy, eso de que monten un sarao para recibirme y sentirme el centro de las miradas, no lo acabo de llevar bien… Pero bueno, disfruté mucho del momento y me sentí realmente colmado por tantas atenciones. Un auténtico privilegio, sin duda. Marisa, sevillana que lucha por no perder su acento tras 10 años aquí, pero que todavía conserva el natural gracejo de su tierra, preparó una suculenta paella. Y no faltó el flamenco, desde luego. Pero Marisa se tuvo que buscar a otra pareja de baile que no fuera su adorable marido, porque Mathias tenía la excusa de que ser alemán le eximía de saber bailar, y mucho menos flamenco…
Jane estuvo impresionante, una perfecta dama de ceremonias. Se esforzó para que mi estancia en Santa Fe fuera perfecta. Para quien no lo sepa, Jane es mi nexo de unión con Santa Fe. Y a ella llegué a través de Mónica, vieja amiga de mi época en la Universidad Laboral de Tarragona, que fue a trabajar cuatro años a Santa Fe y es la que me puso en contacto con Jane el año pasado. Desde entonces, Jane y yo no hemos dejado de escribirnos y de corregirnos nuestros escritos en las respectivas lenguas, y por fin hemos tenido la posibilidad de encontrarnos de nuevo. Jane es un ejemplo de lo que es la pasión por vivir. A sus 65 años, su deseo por aprender es más fuerte que el que poseen los niños cuando todavía no se les ha castrado esa avidez natural por absorber todo lo que sucede a su alrededor. Está aprendiendo español (con unos progresos realmente espectaculares; eso me hace mantener la esperanza en mi lucha con el inglés, jeje), está aprendiendo piano (y vaya cómo toca el piano la moza…), está colaborando en una organización que no recuerdo ahora lo que hacen, y bueno, está metida en otros variados asuntos. No para. Y no deja de sonreír, se nota que es feliz. Y su marido Sandy, entrañable persona, si bien lleva una vida más relajada no se queda muy atrás: es algo mayor que Jane y todavía sigue trabajando de monitor de esquí… Y yo que ya he dejado de esquiar porque creía que a mi edad ya no era conveniente hacer esas cosas…!
Jane montó otra fiesta, magnífica por su puesto, con incontables seres humanos también. Y una vez más me sentí arropado, querido y agasajado sin entender muy bien porqué. Siempre he pensado que soy un tipo con suerte. Con mucha suerte, la verdad. Dicen que la suerte hay que buscarla también, y que hay que poner de tu parte, y yo lo hago; pero no siempre que uno pone de su parte la suerte tiene a bien sonreírle. Pero a mí me ha ido muy bien, soy muy afortunado.
De todos estos eventos, he puesto fotos en el “feisbuk”, que es más sencillo que ponerlas en el blog, así que ahí se puede echar un vistazo.
Tras todos estos magníficos momentos pasados en Santa Fe, alquilé un coche y me fui a visitar el norte de New Mexico. Podría estar escribiendo unas cuantas páginas de todos los sorprendentes lugares que he visitado. Le llaman “Enchanted land” a New Mexico, y no les falta razón. Pero no voy a hacerlo ahora, dejo estas historias para cuando esté por España y el calor del verano nos convoqué frente a una mesa llena de cervezas fresquitas. Y no lo voy a hacer también porque el paseo por el norte estuvo marcado por una noticia que recibí una fría mañana en la que la tremenda nevada que estaba cayendo me había hecho detenerme. Encontré un lugar donde mirar el correo electrónico y vi un mensaje de Vicent, un amigo de Castellón. Su mujer, y también amiga, María José, llevaba luchado contra un cáncer desde marzo. La cosa no pintaba bien, pero ya se sabe cómo son estas cosas, la esperanza y la suerte son importantes. Pero es lo que decía antes de la suerte, nunca está claro a quién va a sonreír. Y tengo claro que Vicent y María José se lo merecen como los que más. Pero no. El correo era para contarme la maldita noticia de que María José se estaba muriendo. Inútil explicar mis sentimientos en aquel momento, y cómo lloré, igual que estoy llorando ahora mientras escribo esto.
Ha sido un final de viaje muy emotivo. Llevo todos estos días tratando de apañarme con un puñado de sentimientos que se amontonan en mi corazón y que me están superando. Me estoy viendo estos días con toda la gente que aquí he conocido y nos despedimos con una mezcla de alegría por las amistades que han comenzado a existir y tristeza por decirnos adiós. Al igual que le tengo que decir adiós a esta ciudad que se ha convertido en un nuevo hogar para mí; y todo esto con la terrible realidad de esa fatal noticia que está ahí en el fondo de mi mente presente todo el rato.
Caía la nieve poco antes de leer aquel correo. El tremendo frío y la fuerte ventisca dibujaban un día de turismo aciago. Yo miraba todo eso encerrado dentro del coche y pensaba que era una pena que hubiera amanecido así el día, pero de todas formas no me resultaba desagradable, no me disgustaba la situación; era un día más, un día en el que estaba disfrutando de mis vacaciones en un lugar lejano y hermoso. Aquella gélida mañana, definitivamente, tenía su encanto. Y fue entonces cuando leí el mensaje.
Ese es el sentido de la vida, el simple pero milagroso acontecimiento de levantarlos cada día, respirar hondo, y darnos cuenta de que estamos vivos. María José se va, como nos va a tocar marcharnos a todos y cada uno de nosotros tarde o temprano. Vicent va a tener que sacar las fuerzas de donde no las tiene ahora, y tirar para adelante porque Laura, su hija de apenas un año, tiene aún mucho por vivir. Y ahí radica todo, en intentar superar el dolor cuando llama a nuestra puerta, y volver pronto a sonreír de nuevo y ser felices por el simple hecho de ver amanecer un día más.









