Sonny Rollins cerró el Jazz Fest de este año. Su espalda de 80 años se encorvaba por el peso del saxofón, y sus torpes paseos por el escenario hacían temer una caída en cualquier momento. Pero no se cayó. Ni tampoco calló prácticamente ni un instante el sonido de su saxo. El desgaste de los años se dejaba notar, sus dedos hacían lo que buenamente podían, y no era poco, la verdad. Pero lo fascinante de este concierto fue el poder deleitarse con ese espíritu incombustible, con ese joven de 80 años que se lió a tocar refrescantes calipsos mientras no dejaba de sonreír y disfrutar como el que más. Mientras le observaba con la boca abierta, me recordaba al abuelo Capapé, entrañable ser humano que tocaba el saxo en la banda del pueblo, y que con una edad similar a la de Sonny, se pasaba el día entero tocando alegres pasodobles. Creo que su familia se dio cuenta de que había muerto cuando se percataron de que hacía mucho rato que no sonaba su saxo…

Y me quedé sin ver a Lionel Ferbos, que tocó uno de los días que no fui al Jazz Fest. Pero si que lo pude ver durante el French Quarter Festival, soplando con su trompeta temblorosas notas ante la mirada atónita de todos los que allí disfrutábamos de ese personaje que en julio de este año cumplirá 100 años. Y no me olvido de otro Lionel al que sí que ví en el Jazz Fest, “Uncle” Lionel Batiste, también de 80 años, que con su eterno bombo colgando y la gorra de su banda Treme, es uno de los iconos de New Orleans.

Se aprende mucho cuando estás cerca de estos personajes. Pero no es música lo más importante que uno puede aprender de ellos, si no que nos enseñan que la vida se puede vivir con ilusión hasta el final, y que eso es precisamente lo que le da sentido a nuestra existencia. Ciertamente, estos chicos morirán de jóvenes.

Y por lo que respecta a mí, decir que he tenido el enorme privilegio de estar también ahí, encima de uno de esos escenarios. Inolvidable, sin duda.

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