Hemeroteca del mes Julio 2009

Después del día de reposo tras la llegada, tocaba abandonar la seguridad de la guarida-hotel donde los tres hermanos que lo regentan hablan bastante bien inglés y los huéspedes, mochileros-alpargateros como yo, no solo hablan inglés, también algunos le dan al español con acento murciano…

Así que como quería ir a la estación de autobuses a mirar horarios para Palmira y otros lugares, pues tenía dos opciones: ir a pata plano en mano los 3 ó 4 kilómetros a los que se supone que se encuentra, o tratar de ir con transporte urbano. Así que como para ser un cobarde siempre hay tiempo, el plano al bolsillo y hala, a preguntar qué bus coger para ir a la estación, a ver si sirve de algo un curso entero de árabe...

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Enseguida he comprobado que las lenguas bárbaras como el inglés no son muy habladas en la calle. Y también he advertido que tampoco son muy dados a poner letreros en otro lenguaje que no sea el suyo… Véanse en las fotos las indicaciones que figuran en lo alto de los microbúses… .

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Alguno me diréis “pero si tú ya sabes árabe!…” -je, que yo sé árabe, jejeje…-.

Sabía por la “lonliplanet” que la estación se llamaba algo así como karajat harasta, y bueno, a preguntar toca. La primera intentona ha sido con todas las de la ley, metiendo la cabeza en el microbús y soltando: “anaa uridu an adjaba ila karajat harasta, min fadlika”. La cara de perplejidad del autobusero no sabía yo lo que significaba -¿me habrá entendido y está emocionado al ver que un extranjero habla tan bien su idioma? ¿no ha entendido una mierda y se está preguntando de qué planeta vengo?… Antes de que se pudiera crear un incidente diplomático, saco mi cabeza de allí y la meto en el siguiente microbús simplificando bastante la frase, “karajat harasta?”. El hombre, muy amable, me empieza a hablar y por el tono entiendo que me hacía preguntas y yo allí con mi cara de perplejidad similar a la del autobusero anterior, balbuceando sonidos inentiligibles… Así durante 10 minutos de microbús en microbús, hasta que ya estaba a punto de subirme en uno en el que entablé una fluida conversación con el chófer, algo así como lo siguiente (el chófer va en cursiva): -karajat harasta? -harasta? -Naam (quiere decir sí), harasta karajat. -bla bla bla karajat? -naam, karajat harasta. -bla bla bla harasta? -naam, naam, harasta, harasta karajat. -bla bla bla harasta bla bla bla… y por los gestos entendí que me hacía subir, cuando entonces una joven mujer árabe que estaba sentada dentro y había seguido nuestra amena conversación, me dice “Excuse me, where do you want to go?” Buf, ¡qué emoción!, casi se me saltan las lágrimas… Lo que estaba pasando es que ese bus iba a un pueblo llamado Harasta, pero no a la estación de nombre Harasta. Y me explica además la joven que Karajat significa precisamente “estación”… bendito inglés. Para redondear la ayuda, me escribe en un papel lo que debe poner en el letrero del microbús, y me dice que se lo enseñe a los conductores hasta que dé con el bueno. Ah, y que cruce la calle, que van en la otra dirección…

Lo de enseñar el papelico daba como resultado que los conductores, ambilísimos como todos los anteriores, me decían un montón de cosas, supongo que algo así como “este bus no es, y bla, bla, bla…”. Bueno, quedaba una opción, mirar lo que había escrito la chica y tratar de identificarlo en los buses. Fácil decirlo, pero la joven lo había escrito con una caligrafía que yo no sé si será tipo médico, como pasa en nuestro país (perdón, Rafa, jeje), o qué, pero no me sentía capaz de identificar esos símbolos. Pero joder, todo el año, estudiando árabe, ¿qué iba a pensar mi mualima (profesora)? Tantas veces repitiéndonos que debíamos aprendernos las palabras como haciendo una foto de ellas, intentando visualizarlas como un todo… y bueno, nuevo intento, a mirar el papel de nuevo tratando de quedarme con las palabras como si fueran un dibujo y comparándolas con los microbuses… y ¡por fin! un bus con un letrero que se parecía a lo del papel! Se lo enseño al conductor y sí, ¡era ese!

Con el rato que me había llevado esto, ya habría llegado andando y habría vuelto, pero esto había sido mucho más divertido. Pero vaya, ahora hay que pagar, ¿cuánto me ha dicho? Le pregunto otra vez, y otra… ¿pero qué diablos está diciendo este hombre?!! aaagghhh!! bueno, a lo fácil, saco un puñado de monedas y se las enseño al que iba a mi lado, coge dos y se las da al conductor, pero, ¿cuáles ha cogido? ¿cuáles??? Mierda, ya no sé cuánto es para la vuelta, ya verás luego, otra vez lo mismo… pero, ¿la vuelta? ¿y qué microbús tendré que coger para la vuelta??? Diosesssss…

Sé que he llegado a la estación por que me hacen bajar del bus, qué majos… Ahora ponte a buscar horarios para Palmira, para Homs, para Bosra… Todos los carteles en árabe, claro. Pero bueno, aquí es más sencillo, la ayuda llega sin pedirla, desde todas las agencias me lanzan gritos diciendo “¡Palmira, Palmira!” Es un destino turístico y yo debo tener pinta de turista, así que esta fase del juego resulta facilita. Aún así, para tener una idea clara de los horarios, habrá que esforzarse un poquico, y si no, vease en la foto el horario que me han dado… Y entonces me pongo a pensar, “vamos a ver, debe haber como unas 20 compañías distintas que van a Palmira, ¿cómo diablos sabré cuál de los buses entre los muchos que se ven en la estación, es el mío?… hala, olvídate, y deja de sufrir ahora por lo que aún tiene que llegar…”..

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Y ya me iba a vivir el trauma de la vuelta a la ciudad cuando un joven se me acerca para darme conversación, -Where are you from? (Mmmhh, el bendito inglés, qué bien…). -From Spain. -Oh, Spain, do you like Barcelona football team? … Me ahorraré contar aquí la interesantísima conversación que sigue a este prometedor comienzo. Pero fue útil, cuando el tema futbol ya había dado todo de sí, aprovecho para sacarle la hoja con el letrero del bus, le pregunto cómo volver a la ciudad, y me dice que es sencillo, ¡con el mismo bus!, ¡buf, qué descanso, y qué majo es Guardiola!

En fin, como primera inmersión lingüística seria, yo creo que ha estado bien. Pero esto va a ser duro, muy duro. La murciana de mi hostal lleva cuatro años estudiando árabe en España, y asegura que todavía no tiene ni idea de esta lengua, que aún no sabe ni leer las palabras si no están vocalizadas… le echa la culpa al sistema de enseñanza, pero no sé, igual es que es realmente difícil esto del árabe… Lo que también es cierto es que nunca en mi vida como hasta ahora, había sentido lo “bien” que hablo inglés, jajaja. Tras un rato de intentar comunicarme en árabe, el inglés brota de mis cuerdas vocales con una fluidez, sencillez, desparpajo y frescura jamás experimentada antes… ¡qué útil es el árabe!

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Saliendo.
Mmmmh… otra vez esa sensación, ese inquietante punto de ansiedad que me da al empezar un viaje en solitario, pero que al poco, tras un par de respiraciones profundas y unos amables rayos de sol, me hacen bajar el ritmo de mis pasos, olvidarme del agobio cotidiano y comenzar a ilusionarme por todo lo que está por llegar. Lo hablaba paseando por Pesaro (mi primera escala) con Simona, “viajar es una droga, pero hacerlo en solitario es droga dura…”, y me gusta este tipo de enganche, y lo recomiendo…

De paso por El Cairo.
Puede sonar muy seductor, El Cairo, pero no, cuando te pegas 8 horas en el aeropuerto sin poder salir a ningún lado, no hay seducción que valga. Pero tampoco se puede decir que sea aburrido, más bien todo lo contrario. Simplemente con mirar alrededor es suficiente para estar entretenido, observando por ej. el curioso mundo de la mujer árabe, con la enorme variedad de pañuelos que las cubren total o parcialmente, desde los negros como el carbón hasta los quizá provocadoramente coloridos… A ver si me documento pronto y me aprendo los nombres de los pañuelos, de los vestidos y el significado de todo ello, para así poder contar las cosas de estos asuntos sin meter demasiado la pata. Todo esto ya lo podía traer aprendido desde casa, desde luego, pero me gusta más aprender bien estos detalles in situ.
Fue interesante observar cómo una joven se arreglaba el pañuelo marrón claro que la cubría toda, y con unos hábiles y rapidísimos movimientos se lo quitó por unos instantes dejándonos ver su inesperado pelo rubio y un rostro de una belleza perturbadora, para de repente desaparecer esa visión y aparecer de nuevo ese ser sin edad, sin identidad… Y al poco de suceder esto y mientras observaba la curiosa estampa de un grupo de unas diez mujeres totalmente de negro y tapadas hasta las cejas flanqueando una lujosa tienda de perfumes de esas del “duty free”, de pronto mis orejas se levantaron atónitas ante lo que comenzó a sonar por la megafonía: ¡¡Amparito Roca!! Repito: el pasodoble torero Amparito Roca… ¡ole, con un par!. Creo que esto de la globalización se nos ha escapado de las manos definitivamente…

Llegada a Damasco.
Es sorprendente comprobar cuánta vida hay en una ciudad de estas a las 5 del mañana. Y lo despiertos y vivarachos que están ya todos los que intentan hacer algún negocio contigo, como los taxistas. En la guía, nuevecica de este año, aseguraba que la tarifa oficial para ir al centro era de 700 libras sirias (unos 11 euros). Pero los taxistas me querían hacer ver que en estos últimos meses había habido ciertos cambios en las tarifas oficiales y se habían ido a las 1500 libras… En fin, que ya no me acordaba de que había entrado en territorio “comanche”, hala, a regatear toca… Haciendo gala de un cierto buen humor (necesario, pero complicado cuando llevas dos noches sin dormir sólo dando algunas cabezadas) bajaron hasta 700, pero viendo que el bus estaba en 45, pues oye, a probar el transporte público. Ruina total de autobús, sin duda, pero oye, es mejor esto que el taxi, te mezclas con un montón de gente local, es una buena primera toma de contacto.

En busca de Hostal.
En la guía dice, “los hostales de mochileros suelen estar llenos, conviene reservar”. A las 6 de la mañana un “guía” fortuito que se pegó a mi a dos metros de la puerta del primer hostal, (conseguir una comisión es importante) despertó a gritos al pobre portero que estaba durmiendo en la entrada, y ahí llegó el primer “mafi” que no sabía si significaba que me fuera a la mierda o que estaba completo… Le agradecí al guía su “interés” y decidí esperar hasta las 8 para llamar a más puertas, hora que me parecía más prudencial.
En la espera, un chaval que acababa de abrir un bar me invitó a entrar, ideal para pasar el rato. El jovenzano no hablaba nada que no fuera árabe, y a saber con qué dialecto, aunque bueno, con mi nivel de árabe eso no tenía por que ser un problema, je. Pero aquí es donde se le empieza a sacar rentabilidad a las clases de árabe de este año, y pedir un té no resultó complicado. Otra cosa fue pagar, tras 5 minutos tratando de averiguar el precio, le dejé un billete de 50 sin saber realmente lo que costaba el té… (aún no tengo los cambios, tengo que volver luego a ver si me devuelve algo). Pero lo realmente interesante en el rato pasado en el bar fue ver la televisión. El viernes es aquí el equivalente a nuestro domingo, y estaban recitando el Corán ¡con subtítulos en inglés! El chaval estaba siguiendo el programa casi como abducido por la letanía que brotaba incansable del televisor, y yo iba leyendo perplejo todos los versos. Im-presionante. A cada verso yo me sentía más acojonado y miraba de reojo al chaval por si se percataba de mi desasosiego. Las palabras del profeta repetían incansables que los no creyentes se merecían todo el dolor que uno pudiera imaginar, como agua y aceite hirviendo sobre sus cuerpos, implacable fuego eterno (ah, bueno, de eso algo me explicaron los curas y mis padres) y todo tipo de penalidades (que el miedo tras leerlas me ha hecho borrarlas de mi mente) que Dios ya se encargaría de aplicarles. Pero vamos, que decía el profeta que no había ningún inconveniente en que fueran los fieles los que se encargaran de castigar a los infieles como se merecían, con todo el dolor que fuera posible… y claro, yo estaba cada vez más y más asustado, y mirando al colega a ver si tenía pinta de activista. Pero por suerte, la letanía había obrado el efecto opuesto, a mí, que llevaba dos noches sin dormir me había abierto los ojos como platos, y a él lo había arrullado hasta quedarse plácidamente dormido… Jodida manía esta de los creyentes de adelantarse a la “labor” de Dios de juzgar a la gente. Podían dejar que fuera El, el que hiciera lo que tuviera que hacer, igual se quedaba todo el mundo muy tranquilo…

A las 8 aprendí que “mafi” debe significar “completo”, y eso pasó a ser preocupante cuando me lo habían dicho en los 4 hostales que había en el barrio… Pero había leído en la guía que a veces dejaban dormir en la terraza. Así que pregunté y sí era cierto, pero… ¡las terrazas estaban también llenas! Pero soy un tipo con suerte, y el encargado del “Ghazal” me dijo, “espera, creo que a las 10 igual dejan un colchón libre en la terraza”. La espera en un sillón de mimbre de la entrada con mi cabeza ya derrotada sobre el barrote del otro sillón provocando una ligera tortícolis, mereció la pena.

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Y aquí estoy, la mar de contento escribiendo esto. En la foto, mi cama. Me acabo de despertar de una siesta de 6 horas y media, y la ducha ha sido espectacular (no ya por el cuarto de baño, sino por el contacto con el agua en sí), y es que era ya muyyyyy necesaria.

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¿Y ahora? Pues no sé, no sé si quedarme en Damasco muchos días (puedo estar en la terraza los días que quiera) o si marcharme a Palmira o a otros lugares recomendados por la guía. No hay prisa, no hay planes, no dependo de nadie, nadie depende de mí… ya se verá de dónde sopla el viento.

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