Aunque todavía me quedan por contar los placenteros paseos por Damasco, me resulta inevitable realizar esta crónica tras la llegada a Homs.
El tren, a la altura de cualquiera de los buenos nuestros (AVE aparte), ha conseguido, a pesar de su calidad, hacer el trayecto de dos horas en tres. Tremendo. A eso hay que unirle que nos ha dejado en un apeadero lejos de la ciudad y nos han tenido que llevar con un microbús al centro. Desde allí he intentado llegar al hotel económico que los “lonly” (les llamaré así de aquí en adelante, familiarmente) recomiendan, y tras varias informaciones contradictorias que me enviaban en direcciones opuestas según a quién preguntara, he conseguido dar con él. Pero incluso no ha sido fácil verlo cuando estaba justo debajo del mismo, y para entenderlo, véase el cartel… Su nombre completo, Al-Nasir al-jadid.

Todo esto ha supuesto que se han hecho las 8:30, hacía rato que había oscurecido (aquí oscurece pronto), y no me veía con ánimos de seguir buscando caso de que no me gustara, a parte de que los lonly sólo mencionan uno supuestamente peor, y dos de los caros, uno de 50 dolares la noche y otro de 135 $. Así que encaro las poco prometedoras lúgubres escaleras con la intención de quedarme fuera como fuera.
El recepcionista estaba cenando una sopa grasienta de composición indeterminada, que le chorreaba por su enorme bigote y sin mostrar intención de abandonar su cena, me dice que “mafi, mafi”, que no le quedaban individuales. Ya me iba a ir, pero como no sabía a dónde, le pregunto si tenía algún cuarto para compartir con alguien. Entonces levanta el bigote, me mira pensativo y me dice, “te voy a hacer una oferta, te dejo una habitación de 4 para ti solo, por 500. Cuesta 700, así que te rebajo 200. La ducha aparte, 35 la fria y 100 la caliente” (500 liras sirias son unos 7′5€). Me salía mejor la choza de Damasco pero no tenía energía para negociar más. Así que le doy el sí y me dice que si quiero cenar con él, me invita, y si no, que espere a que acabe. Elijo esperar.
Por fin me lleva a mi habitación y tras una breve pero tensa ojeada me empiezo a preguntar qué quieren decir los lonly con la frase “…es el mejor hotel económico de Homs”. La visita continúa con el retrete. Mira, nunca me había alegrado de que una habitación tuviera fuera el baño… La ducha, que también por suerte está en otro habitáculo, no mejora ni un ápice la opinión que me estoy forjando sobre los amigos lonly… Respiración profunda y me encierro en la habitación. Me quedo de pie pensativo (de momento no veo ningún lugar en el que me parezca sano sentarme) y pienso que no sería mala idea ir al hotel de 50$ a ver qué tal está. Ya he pagado las 500 liras, pero oye, qué más da…
Así que salgo en busca del “Lord Suites” que por suerte no está tan lejos y al llegar enseguida me percato de que estábamos hablando de otro estatus social. Un mozo me acompaña hasta la impecable recepción que está en la cuarta planta y allí me informan de cómo están las cosas: 70 $ la más barata. Y yo que esperaba negociar los 50 que decía la guía… Le enseño el párrafo donde habla de ese precio y el hombre se encoge de hombros diciendo que la guía puede decir eso, pero son 70. Durante unos instantes de mutuas miradas de algún modo retadoras, acompañadas de un silencio valorativo, se mezclan en mi mente las recientes imágenes de la habitación, el retrete y la ducha, junto con un sentimiento de culpabilidad y de traición al espíritu del genuino trotamundos sobrio y austero que puede con todo. Decido finalmente darle las gracias, dar media vuelta, y salir despacio esperando escuchar una oferta que justifique una traición…
Y aquí estoy, sentado frente a mi pequeño y querido ordenador escribiendo todo esto, mientras no dejo de mirar hacia todos los lados porque sospecho que en cualquier momento hordas de feroces animalillos saldrán de sus guaridas bajo las mugrientas moquetas, los indecentes colchones, o las inmundas almohadas, se abalanzarán sobre mí y me devorarán inmisericordemente… De verdad, soy muy poco aprensivo y escrupuloso, pero esto… Se respira una sensación de derrota, como que la degradación ha llegado a tal extremo que ya no hay vuelta atrás, que cualquier intento de limpiar y adecentar el hotel requeriría un esfuerzo tan enorme que no hay posibilidad de afrontarlo. Es un moribundo desahuciado que tiene los días contados y sólo queda la triste espera de su final, cuando ya no exista ningún cliente que cruce su umbral y la cara del dueño se desplome sobre su cuenco de sopa grasienta…
He hecho unas fotos que intenten mostrar lo que siento, pero la verdad, siempre he pensado que soy un fotógrafo nefasto, nunca consigo transmitir con mis fotos lo que estoy viendo, tanto si es para resaltar lo bello como si es para evidenciar lo espantoso. Estas imágenes intentan contar lo que mis palabras apenas han mencionado, pero no, una vez más no son capaces de hablar con claridad por mis ojos.
Lo meto en forma de galería, y pinchando en cada una se hacen más grandes.
Ahí, se pueden ver los segurísimos interruptores de la entrada, la ducha a la que entras con la idea de salir limpio, el austero retrete, la no-luz del retrete, las cálidas moquetas, el protector techo, el colchón de mi abuela (no sé cómo habrá llegado hasta aquí!) con las sábanas que el tío insistía en que estaban puestas y que yo no acababa de ver, la almohada con el diccionario al lado para hacer el balance de blancos (era la más blanca de las cuatro), y el agradecido lavabo interior para poder lavarte cuando tocabas algo de la habitación…
Aaagggh, me pica todo, no me atrevo a apagar la luz, estoy haciendo tiempo hasta que me venza el sueño o mejor, a ver si amanece pronto… Y encima esta maldita descomposición… ya es la cuarta vez que tengo que entrar a ese zulo sin luz y buscar a palpote el tubo de goma, darle al agua y limpiarme… ahora vuelvo… Ya está, arrg, esto me pasa por mi manía de la integración cultural y aceptar la jarra de agua del grifo esta mañana en mi despedida de Damasco en el restaurante más popular del barrio… qué tońtolaba soy.
Bueno, bueno, vaya mierdecilla de trotamundos que estoy hecho… hala, voy a meterme mi saco-sábana, que para eso lo he traído, voy a dormir, voy a intentarlo… Laila saida.











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