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Publicado por: jlpueser in General
Miércoles, 5 de la tarde, llegué al piso sudoroso después de haber cometido el error de pasear por la ciudad con toda la solana. Me había traído un taxista que no me quiso cobrar la carrera porque charrando nos dímos cuenta de que conocía a Ramón, que ya le había traído alguna vez; este chico tiene gran don de gentes. Saludé a los colegas del super de la esquina que siempre tienen ganas de charreta. En casa estaban precisamente Ramón y Elena, mis compañeros de clase en Zaragoza y también en la clase de aquí, repasando las lecciones de por la mañana y me dicen que no hay agua. Uy, esto es nuevo. Ya nos habíamos acostumbrado a estar sin luz, pero que corten el agua es la primera vez que pasa. Lo de la luz, ya nos dijo Charif al legar al Líbano (es el profe de Zaragoza que ha organizado el curso), que al día solían cortarla unas 4 horas en periodos distintos para cada día. A los pocos días ya aprendimos cómo funcionaba lo de los cortes: Charif iba encaminado en cuanto a lo de las horas, lo que pasa es que es al revés, tenemos unas 4 horas de luz al día, en periodos y momentos absolutamente aleatorios. Pero no es grave, existe un enchufe que va por libre y siempre suele tener luz (bueno, hay veces que no) y en él está conectada la nevera, el ventilador y la televisión. Esto va por barrios, creo que nosotros no hemos sido muy afortunados. Pero oye, no hace falta más. Pero lo de no tener agua se lleva peor, nos dimos cuenta de ello enseguida. Aunque también tuvimos suerte porque por algún misterioso cambalache de la fontanería libanesa, en la cisterna del retrete entraba un hilillo de agua casi hirviendo, que nos permitía tener a salvo el asunto de las evacuaciones intestinales, que en mi caso se convirtió en imprescindible cuando me di cuenta de que lo que Elena diagnosticó como “golpe de calor” por la solana del medio día, junto con el comistrajo callejero que me había zampado sin ningún miramiento, habían arruinado mi intestino. Cuando por la mañana salíamos a las 7:30 hacia clase (qué mal llevamos lo de madrugar), de repente notamos que volvía el agua, “al-hamdu-lilá”. Aprovechamos, claro, no sabíamos qué sucedería a la vuelta.
En fin, estamos en Trípoli, estamos en el Líbano. Seres amables, divertidos, buena gente, de mente aparentemente abierta. Seres que parece que se han acostumbrado a todos sus problemas y viven el día a día haciendo que todo parezca normal, cuando la realidad es otra. Si dejamos a un lado la larguísima guerra civil, en el pasado más reciente tenemos el asesinato en el 2005 del presidente Rafik Hariri, los bombardeos de Israel en el 2006, más bombardeos en el 2007… ahora parece que están “tranquilos”, pero comprendes que no es así cuando ves casi en cada esquina a militares armados con fusiles de asalto Kalasnikov AK-47, AK-74, también M-16… yo no entiendo de esto, pero Ramón sí, y nos va culturizando. Y visto esto, que te corten la luz a todas horas o que también suceda con el agua, imagino que serán para ellos meras anécdotas sin importancia. De igual manera que el problema con las mujeres, todavía latente, no debe ser lo más urgente de solucionar, aunque en este país parece que están bastante “avanzados” en ese aspecto. Bueno, otro día hablaré de esto, contaré las interesantes cosas que nos van explicando estas gentes.

Pero la presencia militar en el devenir cotidiano de este pueblo, no les impide, como decía, vivir relajadamente. Verles fumar “sisha” en las pipas “narguile” a todas horas, transmite mucha paz. Hasta nuestra “muálima”, siempre tapada y atenta a que no se le mueva el pañuelo ni un ápice, le daba al narguile con toda naturalidad, pero de esa imagen no hay foto. Y no tardaron los nuestros en adoptar esta costumbre. A Enrique le queda bien la pipa, jeje.



Las clases de árabe, pues… en fin, decir que dadas nuestras dificultades en la calle para comunicarnos, ayer estuvimos repasando los números, comenzando por el 1, por su puesto. Buf, el medio-aprenderlos nos ha abierto un mundo…
Aquí una foto de clase que nos la hizo Enrique, y otras dos en casa estudiando a tope.
Por Alá, qué difícil es el árabe…



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Bueno, bueno, esto de las clases de árabe en Trípoli, las excursiones, las salidas con los colegas… nada, que apenas tengo tiempo de meterme en cibers, ni de coger el netbook. Y tengo ya ganas de contar lo que estoy haciendo en Líbano, leñe. Así que meto esta entrada que tenía pendiente de la parte Siria, y en la siguiente ya me meto de lleno con el asunto libaneses.
Crac

Cuando estaba en Homs intentando encontrar un transporte para llegar hasta ese lugar y les decía ese nombre o su equivalente en francés, nadie sabía a qué me refería. Y es que ellos le llaman Kala-at al Hosn, transcripción que les resultaba ininteligible cuando salía por mi boca. Pero conseguí llegar. Y allí estuve un par de noches, en un hotel que me hizo olvidar de inmediato el del día anterior en Homs (tampoco era tan difícil conseguir eso, desde luego).
Qala-at es la palabra que define a los castillos dedicados a fines militares. Y de ahí deriva nuestra palabra Alcalá. De este castillo de los cruzados, los lonly hablaban maravillas, y sentado en el balcón de mi habitación, con su imponente vista que casi con alargar la mano lo podía tocar, vease la foto, la verdad es que prometía bastante. Pero después de la visita al interior, creo que los lonly se han quedado cortos en las alabanzas…
Cuando comencé la visita pensé “esto es el sueño de cualquier niño, el sitio perfecto para jugar a miles de juegos; ahora mismo me pondría a jugar al escondite”. Pero lo de jugar al escondite, en seguida me di cuenta de que sería realmente aburridísimo: es absolutamente imposible encontrar a alguien a quién le hayas dado apenas diez segundos para esconderse. Estuve más de tres horas dando vueltas, y sé que me quedaron muchos rincones por descubrir, pero quería ir a otros lugares (había un monte muy alto muy alto que se veía allá a lo lejos…) y el día se me echaba encima.
El que venga a pasear por Siria, salvo que por algún motivo odie los castillos, que no se olvide de pasar por este lugar. Le costará mucho pronunciarlo correctamente, pero le costará muchísimo más olvidar semejante maravilla.








El resto del día, pues eso, al monte ese que se veía a lo lejos, buscar el camino más corto desoyendo los consejos de los lugareños, verme de pronto perdido en una ladera sin senda pero llena de agresivas plantas secas con pinchos traidorzuelos, mis piernas sangrando porque iba de campo y playa con los bermudas, la inviabilidad de volver atrás… en fin, lo de siempre. No hay forma de aprender.
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Dar una vuelta por Bosra o Maalula o cualquier otro lugar de nombre hasta ahora desconocido, puede sonar simplemente exótico, pero pasear por Damasco… Hay una serie de nombres de ciudades que aunque no sepas mucha historia, como me pasa a mí, son tan sugerentes que el hecho de estar paseando por sus calles te pueden hacer sentir alguien especial. Aunque conviene no flotar demasiado porque hay que estar atento a que no te atropellen al cruzar la calle (absolutos descerebrados conduciendo), a no meter la pata en los numerosos baches, a esquivar constantemente a los miles de seres que pasan de un lado para otro con prisas… y entonces me da la sensación de que para toda esa gente vivir en Damasco no les hace sentir especiales.
Pero si aprovechas para perderte por las calles de la ciudad vieja un viernes, con todo las tiendas cerradas, y con la mayoría de sus habitantes durmiendo en su día de fiesta, el paseo resulta realmente grato y seductor. Pero no es menos atractivo adentrarse cualquier día en sus numerosos zocos e ir parando de tienda en tienda hablando con los vendedores, contándoles de dónde eres, cómo te llamas, si estás casado, si tienes hijos… Y qué decir de la mezquita Omeya, la tercera más importante del mundo, después de las de La Meca y Medina (vamos, es lo que dicen los lonly). Y otros muchos rincones que los relajados pasos van descubriendo.
Pero en lugar de hacer de guía e intentar transmitir además las numerosas sensaciones, me limito a poner un puñado de fotos y a sugerir a cualquiera que lea esto a que se venga por aquí a recorrer sus calles con sus propios pies y a fantasear con su propia imaginación. Las fotos nunca pueden transmitir lo que toca ahí adentro, al menos las mías no.
Pero si a alguno le puede tirar para atrás ese miedo a una cultura tan alejada de la nuestra, decir que hacía tiempo que no me encontraba con una gente tan amable y simpática, gente que me ha hecho sentir realmente a gusto en todos los momentos, gente que me ha transmitido que las personas podemos llevarnos bien independientemente de cuáles sean nuestras creencias, a pesar de que nuestros políticos se empeñen diariamente en hacernos sentir lo contrario.
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Ya estoy en el Líbano, en Trípoli, ya han empezado las clases de árabe, todo es muy distinto…
Me queda por meter una entrada hablando de Damasco, y otra dedicada a Crac de los caballeros. Las prepararé este fin de semana, mientras esté descansando de las caminatas que me voy a meter en las montañas del Líbano. Cuando eché una ojeada al mapa antes de salir de casa se me aceleró el pulso al ver lo cerca de Trípoli que se encuentra la cumbre más alta del país, un monte de 3.090 m. ¡qué emoción!
Han sido tres días rodeado de toda la gente del curso, un empacho de socialización, y ya necesitaba volver a disfrutar del placer de la soledad. Espera prometedor el monte Líbano, con sus emblemáticos cedros, sus desconocidos senderos que pronto se aprenderán mis pasos, con el aire fresco que penetrará profundo en mis pulmones y llevará puro oxigeno a mi cabeza que le ayudará a pensar con más claridad, que a veces hace falta.
Hasta la semana que viene.
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Aunque todavía me quedan por contar los placenteros paseos por Damasco, me resulta inevitable realizar esta crónica tras la llegada a Homs.
El tren, a la altura de cualquiera de los buenos nuestros (AVE aparte), ha conseguido, a pesar de su calidad, hacer el trayecto de dos horas en tres. Tremendo. A eso hay que unirle que nos ha dejado en un apeadero lejos de la ciudad y nos han tenido que llevar con un microbús al centro. Desde allí he intentado llegar al hotel económico que los “lonly” (les llamaré así de aquí en adelante, familiarmente) recomiendan, y tras varias informaciones contradictorias que me enviaban en direcciones opuestas según a quién preguntara, he conseguido dar con él. Pero incluso no ha sido fácil verlo cuando estaba justo debajo del mismo, y para entenderlo, véase el cartel… Su nombre completo, Al-Nasir al-jadid.

Todo esto ha supuesto que se han hecho las 8:30, hacía rato que había oscurecido (aquí oscurece pronto), y no me veía con ánimos de seguir buscando caso de que no me gustara, a parte de que los lonly sólo mencionan uno supuestamente peor, y dos de los caros, uno de 50 dolares la noche y otro de 135 $. Así que encaro las poco prometedoras lúgubres escaleras con la intención de quedarme fuera como fuera.
El recepcionista estaba cenando una sopa grasienta de composición indeterminada, que le chorreaba por su enorme bigote y sin mostrar intención de abandonar su cena, me dice que “mafi, mafi”, que no le quedaban individuales. Ya me iba a ir, pero como no sabía a dónde, le pregunto si tenía algún cuarto para compartir con alguien. Entonces levanta el bigote, me mira pensativo y me dice, “te voy a hacer una oferta, te dejo una habitación de 4 para ti solo, por 500. Cuesta 700, así que te rebajo 200. La ducha aparte, 35 la fria y 100 la caliente” (500 liras sirias son unos 7′5€). Me salía mejor la choza de Damasco pero no tenía energía para negociar más. Así que le doy el sí y me dice que si quiero cenar con él, me invita, y si no, que espere a que acabe. Elijo esperar.
Por fin me lleva a mi habitación y tras una breve pero tensa ojeada me empiezo a preguntar qué quieren decir los lonly con la frase “…es el mejor hotel económico de Homs”. La visita continúa con el retrete. Mira, nunca me había alegrado de que una habitación tuviera fuera el baño… La ducha, que también por suerte está en otro habitáculo, no mejora ni un ápice la opinión que me estoy forjando sobre los amigos lonly… Respiración profunda y me encierro en la habitación. Me quedo de pie pensativo (de momento no veo ningún lugar en el que me parezca sano sentarme) y pienso que no sería mala idea ir al hotel de 50$ a ver qué tal está. Ya he pagado las 500 liras, pero oye, qué más da…
Así que salgo en busca del “Lord Suites” que por suerte no está tan lejos y al llegar enseguida me percato de que estábamos hablando de otro estatus social. Un mozo me acompaña hasta la impecable recepción que está en la cuarta planta y allí me informan de cómo están las cosas: 70 $ la más barata. Y yo que esperaba negociar los 50 que decía la guía… Le enseño el párrafo donde habla de ese precio y el hombre se encoge de hombros diciendo que la guía puede decir eso, pero son 70. Durante unos instantes de mutuas miradas de algún modo retadoras, acompañadas de un silencio valorativo, se mezclan en mi mente las recientes imágenes de la habitación, el retrete y la ducha, junto con un sentimiento de culpabilidad y de traición al espíritu del genuino trotamundos sobrio y austero que puede con todo. Decido finalmente darle las gracias, dar media vuelta, y salir despacio esperando escuchar una oferta que justifique una traición…
Y aquí estoy, sentado frente a mi pequeño y querido ordenador escribiendo todo esto, mientras no dejo de mirar hacia todos los lados porque sospecho que en cualquier momento hordas de feroces animalillos saldrán de sus guaridas bajo las mugrientas moquetas, los indecentes colchones, o las inmundas almohadas, se abalanzarán sobre mí y me devorarán inmisericordemente… De verdad, soy muy poco aprensivo y escrupuloso, pero esto… Se respira una sensación de derrota, como que la degradación ha llegado a tal extremo que ya no hay vuelta atrás, que cualquier intento de limpiar y adecentar el hotel requeriría un esfuerzo tan enorme que no hay posibilidad de afrontarlo. Es un moribundo desahuciado que tiene los días contados y sólo queda la triste espera de su final, cuando ya no exista ningún cliente que cruce su umbral y la cara del dueño se desplome sobre su cuenco de sopa grasienta…
He hecho unas fotos que intenten mostrar lo que siento, pero la verdad, siempre he pensado que soy un fotógrafo nefasto, nunca consigo transmitir con mis fotos lo que estoy viendo, tanto si es para resaltar lo bello como si es para evidenciar lo espantoso. Estas imágenes intentan contar lo que mis palabras apenas han mencionado, pero no, una vez más no son capaces de hablar con claridad por mis ojos.
Lo meto en forma de galería, y pinchando en cada una se hacen más grandes.
Ahí, se pueden ver los segurísimos interruptores de la entrada, la ducha a la que entras con la idea de salir limpio, el austero retrete, la no-luz del retrete, las cálidas moquetas, el protector techo, el colchón de mi abuela (no sé cómo habrá llegado hasta aquí!) con las sábanas que el tío insistía en que estaban puestas y que yo no acababa de ver, la almohada con el diccionario al lado para hacer el balance de blancos (era la más blanca de las cuatro), y el agradecido lavabo interior para poder lavarte cuando tocabas algo de la habitación…
Aaagggh, me pica todo, no me atrevo a apagar la luz, estoy haciendo tiempo hasta que me venza el sueño o mejor, a ver si amanece pronto… Y encima esta maldita descomposición… ya es la cuarta vez que tengo que entrar a ese zulo sin luz y buscar a palpote el tubo de goma, darle al agua y limpiarme… ahora vuelvo… Ya está, arrg, esto me pasa por mi manía de la integración cultural y aceptar la jarra de agua del grifo esta mañana en mi despedida de Damasco en el restaurante más popular del barrio… qué tońtolaba soy.
Bueno, bueno, vaya mierdecilla de trotamundos que estoy hecho… hala, voy a meterme mi saco-sábana, que para eso lo he traído, voy a dormir, voy a intentarlo… Laila saida.
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Ir a Maalula es una sencilla excursión que se puede hacer en una mañana desde Damasco. De hecho, siendo un poco más hábil que yo con el árabe, se puede volver a comer sin problemas, pero a pesar de lo que haya podido transmitir estos días con lo que cuento de mis conversaciones con los nativos, no me quedó más remedio que compartir la hora de la comida con los maaluleros… Pero no me desespero, calculo que con unos 4 ó 5 años más de estudio igual consigo progresar adecuadamente. De todas maneras, podría haber sido peor si a los habitantes de Maalula les hubiera dado por hablarme en su lengua materna, el arameo.

Pues sí, en esta bonita población, sus gentes hablan arameo. Según me instruyó la guía del monasterio de San Sergio tras una curiosa introducción entre ambos,
- English or arabic?- preguntó ella.
- mmmh, español!
- Ah, pues entonces te hablaré en español…
- Jaja, pues también hablarás arameo, ¿no?
- Sí, claro…
el arameo lo aprenden en Maalula desde pequeñicos, lo aprenden antes que el árabe ya que es la lengua que hablan sus padres, y los padres de los padres, y… Luego aprenden árabe en la escuela. Hasta ahora era una lengua de transmisión oral solamente, pero el gobierno Sirio pretende que no se pierda y están trabajando en desarrollar materiales para la parte escrita.
Otro atractivo del pueblo es la brecha de Santa Tecla. Al parecer Tecla se iba a casar y tras oír un sermón de San Pablo, desechó tal idea. Hasta aquí nada que objetar, la chica parecía mostrar ya en aquella época cierto talento alejando de su cabeza la idea del matrimonio… pero lo hacía en realidad para irse con otro, con El otro, de manera que pudiera seguir siendo virgen… En fin, el asunto es que esto le creo bastantes problemas, la persiguieron sin descanso, y llegando a Maalula, se vio acorralada, y un rayo (cuenta la leyenda) cayó súbitamente desde el cielo y abrió esa magnífica brecha por la que pudo escapar… Los geólogos, descreídos ellos, hablan de cierto corrimiento de tierras. Sea como fuere, el paseo es agradable y da para sacar un buen puñado de fotos.




Pensando en esto de las lenguas, y teniendo en cuenta que en aquellos tiempos los medios de transmisión no se parecían mucho a los actuales, y pensando también que la gente de aquella época no sería muy políglota, me hago cruces (viene al pelo) para imaginar de qué manera conseguían transmitir la nueva fé más allá de las poblaciones donde hablaran un dialecto común. No sé, me imagino a Pablo, el incansable trotamundos, siempre de aquí para allá primero cargándose a todo cristiano que se cruzara en su camino y después de ver la cegadora luz a las puertas de Damasco (precisamente), llevando la palabra de su Dios por todos los rincones del imperio romano; me lo imagino, decía, en cualquier pueblo de Turquía (o como se llamara antes), o de Grecia, o de Italia o de España… contándoles en arameo, o chapurreando latín o vete a saber en qué lengua, cosas del estilo: “… y entonces bajó una paloma, que es el espíritu santo, y María se quedo embarazada sin que su marido José tuviera nada que ver, y el que nació es Dios…”. Y fíjate dónde hemos llegado…
Más allá de la ingenua broma, me parece increíble la capacidad de comunicación que tenían en aquella época, me resulta sorprendente, de veras, pensando además en lo mal que nos comunicamos en nuestros tiempos y la cantidad de peligrosos malentendidos que generamos con ello. En fin, que no hemos avanzado mucho, parece.
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Como el domingo ya había dado un paseo por Damasco, el lunes tocaba irse fuera, y elegí la “misteriosa”, como dice la guía, Bosra. La verdad es que no le vi el misterio por ningún sitio, pero si que es cierto que merecía la pena la visita. Para los expertos en geología que leen el blog (hay más de uno), diré que las piedras de la ciudad son de basalto negro (todas las barbaridades que pueda contaros al respecto o en lo que toca a historia y esos asuntos, se lo reclamáis directamente a los de lonliplanet, please). Esta ciudad ya existía 1300 años antes de cristo, y luego se convirtió en paso obligado de las caravanas que circulaban entre Amman y Damasco. Los romanos la llegaron a nombrar capital de la provincia de Arabia, y dejaron su huella como podéis ver en las fotos. Pero aún tiene otro interés más para los libros de historia. Al parecer, fue en esta ciudad donde a Mahoma, que pasaba por aquí en una de las caravanas de su tío, le fue revelado por cierto sacerdote que él iba a ser el profeta. Luego, ya sabéis que los profetas también saben dejar su huella… Bueno, y vale de clase de historia, a ver si después de haberla suspendido repetidas veces en mi aciago paso por el instituto, me voy a creer ahora que sé algo…

El paseo por la ciudad fue de lo más tranquilo y sosegado, sólo interrumpido en un par de ocasiones cuando los vendedores de monedas me acosaron casi hasta la desesperación (la mía y la suya). Al parecer el turismo ha bajado mucho y cuando asoma un turista se lanzan a por él a degüello. Les expliqué que eso de la crisis parecía que era cierto, que en Europa estábamos muy jodidos y que era normal que hubiera bajado el turismo. Pero claro, yo les explicaba estas cosas con mi super cámara fotográfica en mano, y algo no les cuadraba, así que insistían e insistían… ¡pero es que a mí no me gusta coleccionar monedas! Al final acabé comprando una flauta de caña de río, los instrumentos musicales me tiran más.

El colofón a la visita lo puso la comida, la hice en un lugar que no quedaba claro si era una casa particular o un proyecto de bar-restaurante, no sé, la cosa es que los tipos que andaban por allí me cayeron simpáticos y cuando me dijo el dueño que me podía preparar algo si me apetecía, le dije que bien, que de acuerdo. Llamó a voz en grito a su mujer y le dijo que me hiciera un poco de todo. Mientras me la preparaban, entablé conversación con Muhammed, un tipo muy majo, sastre de profesión pero que ahora se dedicaba a cobrar el aparcamiento a los turistas. No sé cómo lo hacía porque no sabía ni una palabra de inglés, pero se las apañaba el tío. Para empezar la conversación con él, usé precisamente las tácticas árabes y directamente le pregunté si estaba casado, que dónde estaba su mujer, que cómo se llamaba ella, que si tenía hijos, que dónde estaban los hijos, que si después de haberse separado quería tener otra mujer… Vamos, que de entrada lo dejé en fuera de juego, jeje… de ahí pasamos a charrar amigablemente de política, religión, viajes, trabajo, de la crisis… de todo menos de fútbol. Eso sí, imagino que si alguien nos hubiera escuchado no habría dado crédito. Y yo tampoco doy crédito, sigo sin entender cómo pudimos hablar tanto rato con las escasas 300 palabras que como mucho debo manejar de vocabulario… me doy cuenta de que cada día me parezco más a mi padre, esto de los genes al final va saliendo. La comida fue espectacular, ensaladas varias, arroz, humus, berenjenas, patatas, pan… todo en tales cantidades que con un solo plato de cualquiera de las cosas, hubiera sobrado. Buf, ya llevo varias experiencias alimenticias casi traumáticas, estos sirios son como los vascos, en cuestión de comida todo les parece poco… Cuando terminé con todo haciendo un doloroso esfuerzo gástrico (no me gusta tirar comida, qué le voy a hacer) Naser (el dueño) vino todo preocupado a preguntarme que qué más quería… creo que mi mirada de desesperación fue muy elocuente, menos mal. En la foto Naser en el medio, su mujer y a la sazón cocinera Imán y el sastrecillo Muhammed.

Y tras un último y leeento paseo por la ciudad intentando digerir algo, cogí el bus de vuelta a Damasco. Había sido un día placentero y agradable, pero ya tenía ganas de llegar a mi colchón y descansar. Aunque el día todavía me tenía reservado algún asunto que tratar…
Al llegar a la estación de autobuses de Al-Samariyeh busqué un 15 ó un 21 (que ya me lo había aprendido por la mañana) para volver al centro de la ciudad, a la plaza Al-Merjé. Llegó un 15 enseguida, me subí y como era el inicio de línea, ahí estuvimos un rato parados esperando a que fuera el momento de salir. Desde la ventana del bus se veía la luna llena preciosa, y pensé que era un buen momento para poner a prueba mi flamante teleobjetivo. Me quedé pegado a la ventana acercando todo lo más posible la luna hasta mí, una foto, ahora le cambio el diafragma, otra foto, ahora le pongo más velocidad al disparo, otra foto… al rato el bus se puso en marcha. Ya no podía hacer más fotos así que me puse a mirarlas; el bus se detuvo enseguida, imaginé que era una parada para subir gente y seguí mirando las fotos. Pero me percaté de que el bus llevaba parado demasiado rato, levanté la vista y vi con sorpresa que el conductor estaba fuera rodeado de unos militares. Me quedé observando y empecé a rumiar pensamientos…
“pero ¿qué habrá hecho este tío? Joder, yo aquí encantado con la luna y no me he enterado de lo que ha pasado… mmmh, mira, ese del subfusil, tiene la culata reparada con cinta aislante… cinta aislante amarilla… hay que ver cómo está el ejercito sirio… y el conductor ahí discutiendo… pues el subfusil ese es una buena foto… sí, con una buena ampliación de la reparación cutre esa… pero joder, ¿y si se dan cuenta? después del lío en el que estuve a punto de meterme ayer… pero bueno, no están mirando, están ahí acalorados con el conductor, no se van a dar cuenta, la foto es buena, sí… mmmh ¿y si me pillan? joder, joder, la puedo cagar, vete a saber lo que se les puede ocurrir a esta gente si ven que les hago la foto… hala, va, déjate de tontadas, no vayamos a cagarla por una memez de foto… ¡hostias!, se llevan al conductor hacia dentro cogido del brazo… pero ¿qué habrá pasado? buf, qué raro es todo esto…”.
Al cabo de unos minutos salió de nuevo el conductor llevado del brazo por el mismo tipo, que iba vestido de paisano. Continuaron hablando unos instantes y por fin el conductor subió al bus, lo puso en marcha y comenzó a rodar lentamente. Yo seguía con la cabeza pegada al cristal tratando de averiguar qué había podido ocurrir, y vi al tipo que había llevado del brazo al conductor, que se había puesto a trotar al lado del bus siguiéndolo a la par, y seguí rumiando… “vaya vaya con el tío este, está cachas… y es guapillo, todo repeinado, la camiseta marcando paquete muscular… estilo italiano el cabroncete… este debe ser el típico latin-lover sirio… pero ¿y dónde coño va siguiendo al autobús? no hay quien entienda a estos sirios…”.
De pronto el autobús se detuvo junto a lo que parecía la puerta principal de un cuartel militar. En el suelo, unas tiras de esas de pinchos para que no pasen los coches, junto a las tiras de pinchos, un rollo de esos de alambrada, detrás, franqueando la puerta, varios militares armados… entonces, el latin-lover subió al autobús, se dirigió directamente hacia mí, y me dijo:
-Come with me.
El pulso se me aceleró, los ojos se me abrieron como platos y le dije,
-What?
-Come with me, please.
-Me? Why? What’s the matter!!
-You were taking pictures. This is a military area. Come with me, please.
-Pictures? But I was taking pictures of the moon! Only the moon!! Oh, look, look here!
Yo intenté enseñarle la cámara pero el alargó el brazo para cogerme e insistió,
-Come with me.
-No, no! I was taking picutes of the moon, please, listen to me!
-Please, come on.
Comprendí que la cosa podía empeorar en cualquier momento y me levanté. Me cogió del brazo y salimos fuera del bus. Mientras andábamos, yo seguía insistiendo, tratando de poner la cámara en marcha con el brazo que tenía libre,
-Oh, listen to me, look, look, it was only the moon, look here please, only the moon…
El bus se puso en marcha de nuevo y salió, esta vez definitivamente. Los militares armados estaban a unos metros, mirando serios sin decir nada. Se acercó otro de paisano y me pidió el pasaporte. Yo le intenté explicar lo mismo, pero no me hacía caso, sólo estaba interesado en el pasaporte. El primer tipo me dijo que me calmara y empezó a hacerme preguntas (seguiré en spanish…).
-¿Por qué hacías fotos? ¿no sabes que no se pueden hacer fotos a las instalaciones militares?
-¡Pero si yo no sabía que esto eran instalaciones militares! ¡Yo sólo estaba mirando la luna y no veía nada más!
Mientras tanto, el iba pasando las fotos una a una. Comenzó desde el final, vio todas las fotos de la luna que había disparado y ya llegaban las de Bosra. Y yo le iba diciendo,
-¿Ves?, no hay nada, sólo la luna… ahí están las de Bosra…
No parecía tener mucho interés en escucharme. Siguió pasando fotos hasta encontrar las primeras del viaje. Le expliqué que eso era Italia, ahí estaba Roma, esas otras eran de Pésaro, esa es mi amiga Simona… Fue pasando una a una, preguntando de vez en cuando, y en una de ellas se detuvo y me comentó que esa era una foto peligrosa… La miré sorprendido. Es esta foto que he puesto aquí.
La hice el día anterior cuando estaba cerca de las antenas. Yo estaba entendiendo que era peligroso para mí hacer una foto a una pareja sin que ellos se dieran cuenta, no sé, como si fuera algo ilegal, como si fuera contra le ley islámica o la civil o la que fuera, y ya no sabía qué decirle, le intenté explicar que me parecía una imagen romántica, la parejita ahí mirando el paisaje, y el insistía en que era peligroso… por fin me di cuenta de que se refería a que ellos estaban en un ripio peligroso, que podían caerse, buf… Siguió pasando todas los fotos hasta que por fin llegó de nuevo a las de Bosra y las de la luna. Me miró sonriente para que me tranquilizara, me devolvió la cámara, y me dijo que no me preocupara. Apareció el del pasaporte junto con otro más de paisano y se pusieron a charrar los tres conmigo. Me dijeron que lo sentían, pero que comprendiera que era su trabajo. El conductor del autobús les había avisado de que yo andaba haciendo fotos a las instalaciones militares y ellos tenían que intervenir… Les pregunté, ya más relajado, si había muchos problemas de seguridad en Siria, y me dijeron, -No, casi ninguno, gracias a nosotros, jajaja… Me devolvieron el pasaporte, me sacaron a la carretera, dieron el alto al primer microbus que pasó, y le dijeron al conductor que me tenía que dejar en la plaza Al-merjé. Les dije adiós, hice una respiración profunda, y me quedé absorto mirando la luna desde la ventanilla. Nadie en el microbus hizo preguntas.

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Publicado por: jlpueser in General
Si la jornada de ayer había servido para aprender a moverme en transportes públicos, en esta tocaba pasear un poquico por las calles. Un poquico quiere decir que más o menos debí andar entre 25 y 30 kilómetros… Me temblaban las piernas cuando llegué al hostal. La verdad es que Damasco, aunque tiene unos 4 millones de habitantes, resulta bastante manejable, hay suficientes referencias para orientarse sin perderse, lo que pasa es que me debí patear toda la parte norte de la ciudad, enterita… La idea inicial era subir a un barrio llamado Salihiyya. Visto desde lejos resulta llamativo, como se puede apreciar en la foto. Está en la ladera del monte Qassioun, y ya tenía yo ganas de toparme con alguna ladera.

Y sí, había escaleras interminables y cuestas irracionales… cada vez que veía a una abuelilla por esas callejuelas se me partía el corazón, imaginaba que su vida se reducía a salir al quicio de la puerta y volver a entrar, así día tras día, mes tras mes… porque si se le ocurría bajar a la ciudad, jamás volvería a subir… Al cabo de bastante rato y sudor, llegué a lo que eran los últimos tejados. Como se ve en la foto los acabados no son muy elaborados, pero tampoco parecía que vivieran excesivamente mal, a la gente se la veía alegre, me sonreía cuando nos cruzábamos.

Ah, y todos tienen querencia con el inglés, lo primero que les salía al verme era “Hello”, a lo que yo les respondía “Hola”, lo cual les desconcertaba bastante. Primero había probado con “Mar habá” que es “hola” en árabe, pero eso también veía que les desconcertaba, no lo debo pronunciar bien porque no parecían entenderme, así que puestos a vivir en la confusión, ¡toma una nueva lengua!

Decía que había llegado a los tejados de las casas, y ante mis ojos se me ofrecía una hermosa ladera bastante empinada y peligrosa. Claramente no tenía sentido subir por allí, un resbalón y a tomar por el culo que me iba, pero cuando acabé de ver claro que era una tontería subir, ya estaba justo a la mitad… no sé, es algo extraño que ya me sucedió en los Andes en repetidas ocasiones, una extraña fuerza incontrolable que me hace tirarme por las cuestas arriba… En fin, una vez más salió bien. Al llegar vi que había una magnífica carretera que venía desde la ciudad, pero yo no sé encontrar esas facilidades. Allí me recibieron un par de chavales que tenían una furgoneta-bar y me ofrecieron algo de beber. La subida merecía un descanso y un refresco, y acepté. Y bueno, eran simpaticotes, y eso que te pones a charrar, ellos chapurreando la lengua imperialista mientras yo intentaba practicar mi incipiente árabe, y la cosa derivó en una improvisada clase de 2 horas… ¡Con qué ánimo lo cogieron! Llevo una guía que tiene diccionario, y empezaron a preguntarme palabras y palabras sin parar; también llevo papelotes con la gramática y le dimos un repaso tremendo y todo lo que les preguntaba me lo escribían… impresionante. Son maja gente estos Sirios. La verdad es que aunque llevo pocos días por aquí, no tengo la menor duda de que es un pueblo amable y buena gente. En ningún momento he percibido la mínima sensación de peligro (y eso que no miro por dónde me meto) y siempre que he entablado conversación con ellos ha sido sin intereses comerciales por su parte. Bueno, a estos les compré un par de refrescos, pero es que era su negocio. No sé, creo que en occidente vivimos atenazados por innumerables miedos, la mayoría de ellos totalmente infundados. La peli Bowling for Columbine es un buen ejemplo. Ah, aquí la foto de amigos para siempre, Hussein y Kiman.

Y ya tocaba seguir ruta, y yo andaba mirando esa antena de la foto, desde la cual debía haber unas vistas aún más tremendas que las que ya estaba viendo, así que empecé a andar a ver por dónde podía llegar.

Los ripios me llamaban a gritos y ya iba a encararlos cuando un tipo me disuadió diciendo no sé que de los militares. Hmm, entendí que igual me metía en problemas y decidí seguir por la carretera. Pero joder, esa carretera daba una vuelta tremenda, y yo por allí no veía rastro de vida, así que al cabo de un rato me adentré por un camino en el que no había señal alguna que prohibiese nada y pensé que iba a ser un buen atajo hacia las antenas. La cosa iba bien hasta que de pronto apareció por allí un tipo de aspecto tosco y con un traje verde sucio, pero de un verde de esos con manchas de distintos verdes, y por sus gestos sospeché que algo no iba bien… le seguí y me llevó hasta una garita casi derruida de la que salieron varios seres toscos más, alguno de ellos armado, y uno que parecía tener alguna luz más que los demás se acercó a mí. Antes de que dijera nada el tipo, recordé que nuestra querida “muálima” nos contaba que a los árabes les encanta saludarse, así que intentando ser muy amable solté muy sonriente todos los saludos que me vinieron a la cabeza uno tras otro y sin respirar “mar habá, salam alaikum, ahalan wasahlan, kaifa halukum, masá aljair…”. Cuando le dejé hablar, el tipo me preguntó en inglés con cara de absoluta sorpresa, que qué hacía yo allí. Y yo, con toda naturalidad, le dije que quería subir hasta las antenas para hacer unas bonitas fotos de Damasco. Tanta sinceridad le debió enternecer y muy amablemente me dijo que estaba en terreno militar, que no podía estar allí, y que no podía hacer fotos… Buf, no parecía que me fueran a coser a balazos, menos mal… Me dijo que el amigo de antes me iba a acompañar hasta la carretera (a pesar de que se veía ahí a mano) para evitar más problemas, y que tuviera más cuidado en dónde me metía. Y nada, me despedí también con una retahíla de despedidas de manual y me fui con el colega aprovechando para hacer un repaso de árabe básico y evitar así que nos acompañara un tenso silencio “-me llamo José ¿y tú? -Ahmed -ah, encantado, yo soy de España, ¿y tú? -de Siria -Mmmm, Siria… (qué idiota soy…)”. Por suerte llegamos enseguida a la carretera y no tuve que hacer más el ridículo.

Y ya más sumiso, me bajé a la ciudad y seguí callejeando y callejeando y callejeando… me dejé llevar allí por donde más bullicio encontraba, conseguí además que la gente se apartara a mi paso (los más allegados saben lo cerdito que puedo llegar a ser comiendo, y el kilo de melocotones rojos jugosísimos que me trapiñé mientras paseaba chorreando todo el zumillo, creo que dio que hablar…), y bueno, así caminando y caminando y ya al final con las piernas en las que ya notaba eso que deben ser calambres, hasta que anocheció, llegué a mi magnífico colchón, y me derrumbé en él. No, si ya me lo decía mi madre, “qué poco talento tienes, hijo”.
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Publicado por: jlpueser in General
Después del día de reposo tras la llegada, tocaba abandonar la seguridad de la guarida-hotel donde los tres hermanos que lo regentan hablan bastante bien inglés y los huéspedes, mochileros-alpargateros como yo, no solo hablan inglés, también algunos le dan al español con acento murciano…
Así que como quería ir a la estación de autobuses a mirar horarios para Palmira y otros lugares, pues tenía dos opciones: ir a pata plano en mano los 3 ó 4 kilómetros a los que se supone que se encuentra, o tratar de ir con transporte urbano. Así que como para ser un cobarde siempre hay tiempo, el plano al bolsillo y hala, a preguntar qué bus coger para ir a la estación, a ver si sirve de algo un curso entero de árabe...
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Enseguida he comprobado que las lenguas bárbaras como el inglés no son muy habladas en la calle. Y también he advertido que tampoco son muy dados a poner letreros en otro lenguaje que no sea el suyo… Véanse en las fotos las indicaciones que figuran en lo alto de los microbúses… .

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Alguno me diréis “pero si tú ya sabes árabe!…” -je, que yo sé árabe, jejeje…-.
Sabía por la “lonliplanet” que la estación se llamaba algo así como karajat harasta, y bueno, a preguntar toca. La primera intentona ha sido con todas las de la ley, metiendo la cabeza en el microbús y soltando: “anaa uridu an adjaba ila karajat harasta, min fadlika”. La cara de perplejidad del autobusero no sabía yo lo que significaba -¿me habrá entendido y está emocionado al ver que un extranjero habla tan bien su idioma? ¿no ha entendido una mierda y se está preguntando de qué planeta vengo?… Antes de que se pudiera crear un incidente diplomático, saco mi cabeza de allí y la meto en el siguiente microbús simplificando bastante la frase, “karajat harasta?”. El hombre, muy amable, me empieza a hablar y por el tono entiendo que me hacía preguntas y yo allí con mi cara de perplejidad similar a la del autobusero anterior, balbuceando sonidos inentiligibles… Así durante 10 minutos de microbús en microbús, hasta que ya estaba a punto de subirme en uno en el que entablé una fluida conversación con el chófer, algo así como lo siguiente (el chófer va en cursiva): -karajat harasta? -harasta? -Naam (quiere decir sí), harasta karajat. -bla bla bla karajat? -naam, karajat harasta. -bla bla bla harasta? -naam, naam, harasta, harasta karajat. -bla bla bla harasta bla bla bla… y por los gestos entendí que me hacía subir, cuando entonces una joven mujer árabe que estaba sentada dentro y había seguido nuestra amena conversación, me dice “Excuse me, where do you want to go?” Buf, ¡qué emoción!, casi se me saltan las lágrimas… Lo que estaba pasando es que ese bus iba a un pueblo llamado Harasta, pero no a la estación de nombre Harasta. Y me explica además la joven que Karajat significa precisamente “estación”… bendito inglés. Para redondear la ayuda, me escribe en un papel lo que debe poner en el letrero del microbús, y me dice que se lo enseñe a los conductores hasta que dé con el bueno. Ah, y que cruce la calle, que van en la otra dirección…
Lo de enseñar el papelico daba como resultado que los conductores, ambilísimos como todos los anteriores, me decían un montón de cosas, supongo que algo así como “este bus no es, y bla, bla, bla…”. Bueno, quedaba una opción, mirar lo que había escrito la chica y tratar de identificarlo en los buses. Fácil decirlo, pero la joven lo había escrito con una caligrafía que yo no sé si será tipo médico, como pasa en nuestro país (perdón, Rafa, jeje), o qué, pero no me sentía capaz de identificar esos símbolos. Pero joder, todo el año, estudiando árabe, ¿qué iba a pensar mi mualima (profesora)? Tantas veces repitiéndonos que debíamos aprendernos las palabras como haciendo una foto de ellas, intentando visualizarlas como un todo… y bueno, nuevo intento, a mirar el papel de nuevo tratando de quedarme con las palabras como si fueran un dibujo y comparándolas con los microbuses… y ¡por fin! un bus con un letrero que se parecía a lo del papel! Se lo enseño al conductor y sí, ¡era ese!
Con el rato que me había llevado esto, ya habría llegado andando y habría vuelto, pero esto había sido mucho más divertido. Pero vaya, ahora hay que pagar, ¿cuánto me ha dicho? Le pregunto otra vez, y otra… ¿pero qué diablos está diciendo este hombre?!! aaagghhh!! bueno, a lo fácil, saco un puñado de monedas y se las enseño al que iba a mi lado, coge dos y se las da al conductor, pero, ¿cuáles ha cogido? ¿cuáles??? Mierda, ya no sé cuánto es para la vuelta, ya verás luego, otra vez lo mismo… pero, ¿la vuelta? ¿y qué microbús tendré que coger para la vuelta??? Diosesssss…
Sé que he llegado a la estación por que me hacen bajar del bus, qué majos… Ahora ponte a buscar horarios para Palmira, para Homs, para Bosra… Todos los carteles en árabe, claro. Pero bueno, aquí es más sencillo, la ayuda llega sin pedirla, desde todas las agencias me lanzan gritos diciendo “¡Palmira, Palmira!” Es un destino turístico y yo debo tener pinta de turista, así que esta fase del juego resulta facilita. Aún así, para tener una idea clara de los horarios, habrá que esforzarse un poquico, y si no, vease en la foto el horario que me han dado… Y entonces me pongo a pensar, “vamos a ver, debe haber como unas 20 compañías distintas que van a Palmira, ¿cómo diablos sabré cuál de los buses entre los muchos que se ven en la estación, es el mío?… hala, olvídate, y deja de sufrir ahora por lo que aún tiene que llegar…”..
Y ya me iba a vivir el trauma de la vuelta a la ciudad cuando un joven se me acerca para darme conversación, -Where are you from? (Mmmhh, el bendito inglés, qué bien…). -From Spain. -Oh, Spain, do you like Barcelona football team? … Me ahorraré contar aquí la interesantísima conversación que sigue a este prometedor comienzo. Pero fue útil, cuando el tema futbol ya había dado todo de sí, aprovecho para sacarle la hoja con el letrero del bus, le pregunto cómo volver a la ciudad, y me dice que es sencillo, ¡con el mismo bus!, ¡buf, qué descanso, y qué majo es Guardiola!
En fin, como primera inmersión lingüística seria, yo creo que ha estado bien. Pero esto va a ser duro, muy duro. La murciana de mi hostal lleva cuatro años estudiando árabe en España, y asegura que todavía no tiene ni idea de esta lengua, que aún no sabe ni leer las palabras si no están vocalizadas… le echa la culpa al sistema de enseñanza, pero no sé, igual es que es realmente difícil esto del árabe… Lo que también es cierto es que nunca en mi vida como hasta ahora, había sentido lo “bien” que hablo inglés, jajaja. Tras un rato de intentar comunicarme en árabe, el inglés brota de mis cuerdas vocales con una fluidez, sencillez, desparpajo y frescura jamás experimentada antes… ¡qué útil es el árabe!
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Publicado por: jlpueser in General
Saliendo.
Mmmmh… otra vez esa sensación, ese inquietante punto de ansiedad que me da al empezar un viaje en solitario, pero que al poco, tras un par de respiraciones profundas y unos amables rayos de sol, me hacen bajar el ritmo de mis pasos, olvidarme del agobio cotidiano y comenzar a ilusionarme por todo lo que está por llegar. Lo hablaba paseando por Pesaro (mi primera escala) con Simona, “viajar es una droga, pero hacerlo en solitario es droga dura…”, y me gusta este tipo de enganche, y lo recomiendo…
De paso por El Cairo.
Puede sonar muy seductor, El Cairo, pero no, cuando te pegas 8 horas en el aeropuerto sin poder salir a ningún lado, no hay seducción que valga. Pero tampoco se puede decir que sea aburrido, más bien todo lo contrario. Simplemente con mirar alrededor es suficiente para estar entretenido, observando por ej. el curioso mundo de la mujer árabe, con la enorme variedad de pañuelos que las cubren total o parcialmente, desde los negros como el carbón hasta los quizá provocadoramente coloridos… A ver si me documento pronto y me aprendo los nombres de los pañuelos, de los vestidos y el significado de todo ello, para así poder contar las cosas de estos asuntos sin meter demasiado la pata. Todo esto ya lo podía traer aprendido desde casa, desde luego, pero me gusta más aprender bien estos detalles in situ.
Fue interesante observar cómo una joven se arreglaba el pañuelo marrón claro que la cubría toda, y con unos hábiles y rapidísimos movimientos se lo quitó por unos instantes dejándonos ver su inesperado pelo rubio y un rostro de una belleza perturbadora, para de repente desaparecer esa visión y aparecer de nuevo ese ser sin edad, sin identidad… Y al poco de suceder esto y mientras observaba la curiosa estampa de un grupo de unas diez mujeres totalmente de negro y tapadas hasta las cejas flanqueando una lujosa tienda de perfumes de esas del “duty free”, de pronto mis orejas se levantaron atónitas ante lo que comenzó a sonar por la megafonía: ¡¡Amparito Roca!! Repito: el pasodoble torero Amparito Roca… ¡ole, con un par!. Creo que esto de la globalización se nos ha escapado de las manos definitivamente…
Llegada a Damasco.
Es sorprendente comprobar cuánta vida hay en una ciudad de estas a las 5 del mañana. Y lo despiertos y vivarachos que están ya todos los que intentan hacer algún negocio contigo, como los taxistas. En la guía, nuevecica de este año, aseguraba que la tarifa oficial para ir al centro era de 700 libras sirias (unos 11 euros). Pero los taxistas me querían hacer ver que en estos últimos meses había habido ciertos cambios en las tarifas oficiales y se habían ido a las 1500 libras… En fin, que ya no me acordaba de que había entrado en territorio “comanche”, hala, a regatear toca… Haciendo gala de un cierto buen humor (necesario, pero complicado cuando llevas dos noches sin dormir sólo dando algunas cabezadas) bajaron hasta 700, pero viendo que el bus estaba en 45, pues oye, a probar el transporte público. Ruina total de autobús, sin duda, pero oye, es mejor esto que el taxi, te mezclas con un montón de gente local, es una buena primera toma de contacto.
En busca de Hostal.
En la guía dice, “los hostales de mochileros suelen estar llenos, conviene reservar”. A las 6 de la mañana un “guía” fortuito que se pegó a mi a dos metros de la puerta del primer hostal, (conseguir una comisión es importante) despertó a gritos al pobre portero que estaba durmiendo en la entrada, y ahí llegó el primer “mafi” que no sabía si significaba que me fuera a la mierda o que estaba completo… Le agradecí al guía su “interés” y decidí esperar hasta las 8 para llamar a más puertas, hora que me parecía más prudencial.
En la espera, un chaval que acababa de abrir un bar me invitó a entrar, ideal para pasar el rato. El jovenzano no hablaba nada que no fuera árabe, y a saber con qué dialecto, aunque bueno, con mi nivel de árabe eso no tenía por que ser un problema, je. Pero aquí es donde se le empieza a sacar rentabilidad a las clases de árabe de este año, y pedir un té no resultó complicado. Otra cosa fue pagar, tras 5 minutos tratando de averiguar el precio, le dejé un billete de 50 sin saber realmente lo que costaba el té… (aún no tengo los cambios, tengo que volver luego a ver si me devuelve algo). Pero lo realmente interesante en el rato pasado en el bar fue ver la televisión. El viernes es aquí el equivalente a nuestro domingo, y estaban recitando el Corán ¡con subtítulos en inglés! El chaval estaba siguiendo el programa casi como abducido por la letanía que brotaba incansable del televisor, y yo iba leyendo perplejo todos los versos. Im-presionante. A cada verso yo me sentía más acojonado y miraba de reojo al chaval por si se percataba de mi desasosiego. Las palabras del profeta repetían incansables que los no creyentes se merecían todo el dolor que uno pudiera imaginar, como agua y aceite hirviendo sobre sus cuerpos, implacable fuego eterno (ah, bueno, de eso algo me explicaron los curas y mis padres) y todo tipo de penalidades (que el miedo tras leerlas me ha hecho borrarlas de mi mente) que Dios ya se encargaría de aplicarles. Pero vamos, que decía el profeta que no había ningún inconveniente en que fueran los fieles los que se encargaran de castigar a los infieles como se merecían, con todo el dolor que fuera posible… y claro, yo estaba cada vez más y más asustado, y mirando al colega a ver si tenía pinta de activista. Pero por suerte, la letanía había obrado el efecto opuesto, a mí, que llevaba dos noches sin dormir me había abierto los ojos como platos, y a él lo había arrullado hasta quedarse plácidamente dormido… Jodida manía esta de los creyentes de adelantarse a la “labor” de Dios de juzgar a la gente. Podían dejar que fuera El, el que hiciera lo que tuviera que hacer, igual se quedaba todo el mundo muy tranquilo…
A las 8 aprendí que “mafi” debe significar “completo”, y eso pasó a ser preocupante cuando me lo habían dicho en los 4 hostales que había en el barrio… Pero había leído en la guía que a veces dejaban dormir en la terraza. Así que pregunté y sí era cierto, pero… ¡las terrazas estaban también llenas! Pero soy un tipo con suerte, y el encargado del “Ghazal” me dijo, “espera, creo que a las 10 igual dejan un colchón libre en la terraza”. La espera en un sillón de mimbre de la entrada con mi cabeza ya derrotada sobre el barrote del otro sillón provocando una ligera tortícolis, mereció la pena.

Y aquí estoy, la mar de contento escribiendo esto. En la foto, mi cama. Me acabo de despertar de una siesta de 6 horas y media, y la ducha ha sido espectacular (no ya por el cuarto de baño, sino por el contacto con el agua en sí), y es que era ya muyyyyy necesaria.

¿Y ahora? Pues no sé, no sé si quedarme en Damasco muchos días (puedo estar en la terraza los días que quiera) o si marcharme a Palmira o a otros lugares recomendados por la guía. No hay prisa, no hay planes, no dependo de nadie, nadie depende de mí… ya se verá de dónde sopla el viento.
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