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La campana de los perdidos

Sábado, 8 de Diciembre de 2007

Ya ha pasado una semana desde que aterricé en estas tierras y experimenté mis primeras sensaciones, como la del momento en el que frente al mostrador de información del aeropuerto de Barcelona le dije a la chica, “Che, disculpá, ¿tenés un mapa de la ciudad?”, y comprendí que esto del regreso me iba a costar asumirlo. O cuando me topé por la calle con un cartel de esos gigantes en los que Rajoy me sonreía… encontrarme a Zapatero tampoco hubiera sido para dar saltos de alegría, pero lo de Marianico con todos sus millones de fieles seguidores anónimos pero reales que inevitablemente me voy a tener que cruzar todos los días en mi camino en mi nueva etapa por estas tierras, provocó mis primeros síntomas de depresión y desazón y hasta de náusea, y me hizo pensar en lo complicado que es mantener la ilusión por acá, bueno, aquí.

Y en estos días, viendo cómo habéis seguido manteniendo vivo el blog, no he podido evitar el dar vueltas a la cabeza para tratar de comprender qué había sucedido con él, cuál era su extraño poder. Y en este feliz día en el que los hipermercados no abren sus puertas, me he decidido a abrir esta nueva entrada.

La campana
El miércoles fui con Aupaedurne a La Campana de los perdidos a ver una actuación de un tipo desconocido. Nos congregamos allí varios seres expectantes a ver qué nos deparaba la noche, pero hubo un problema: el que tenía que actuar no se había enterado de que su presencia allí era importante, y no apareció… así que nos quedamos a tomar tranquilamente unas Ambar, que ya las echaba de menos. Para la gente que no sepa qué es “La Campana de los perdidos”, explicar que es un bar de Zaragoza donde se hacen actuaciones y… bueno, es más que eso, es prácticamente el segundo hogar de muchos de los que allí nos juntamos. Llegué hace poquitos años a La campana, pero casi desde el primer momento me convertí en incondicional. Amo la música, es la forma de arte que consigue ponerme la piel de pollo en más ocasiones, y en La Campana, lugar hermoso, pequeño y acogedor, se da una inevitable pero agradable proximidad de los músicos con el público y también de éste entre sí, que permite que en los conciertos surja una extraña complicidad entre todos.
Cuando llegas a formar parte de la familia de La Campana, ir a una actuación se convierte de alguna manera en la excusa para volver a ver a tu gente, para aislarte por unas horas en ese protector bunker (La Campana es una cueva cuyas paredes son parte de los muros de la vieja ciudad). Y siempre sucede que ves caras nuevas, gente que se acerca por primera vez u otros que reconoces de una vez anterior y te alegras de que hayan vuelto, y sientes con ilusión que quizá pronto entren a formar parte de la familia. También están los que habiéndose hecho socios nunca acuden por allí, pero su espíritu anda suelto por entre las mesas. Y cuando los músicos consiguen crear algo de magia, se vive de una manera especial porque sientes que lo estás compartiendo con un montón de seres que vibran en tu misma sintonía.

Y así, he imaginado que el blog era como nuestra Campana particular. A mí me ha tocado estar en el escenario, y con vuestros comentarios me habéis otorgado el privilegio de continuar ahí todo este tiempo y habéis conseguido que me esforzara en intentar sacar lo mejor de mi mismo cuando escribía, me habéis hecho disfrutar tremendamente. Me sentía acongojado además, porque la mayoría de vosotros sois de esos que como decía Unatoñi, gustáis y disfrutáis del poder de la palabra, y además lo domináis mucho más que yo, pero amablemente habéis jugado el rol de espectadores y me habéis dejado que fuera tocando mis canciones dejándome disfrutar de ese humano placer de poder exhibirme y ver crecer el ego, jeje. Pero en realidad entiendo que lo verdaderamente hermoso e importante del blog ha sido que se ha convertido (posiblemente, como me decía Aupaedurne, desde la entrada de la presa de Itaipú, en la que me ignorasteis y os liasteis a charrar entre vosotros) en esta Campana de los Perdidos en la que poco a poco os habéis ido juntando una serie de seres (tanto los que participabais como los que me habéis confesado por correo que desde las bambalinas estabais ahí día tras día) a los que de alguna manera os mueve una misma ilusión, que creo que es precisamente la ilusión de no haber perdido la ilusión.

La Campana durante un tiempo estuvo cerrada, no hace mucho de ello. Las autoridades de esta ciudad, “volcadas” con la cultura, decidieron que no se podían hacer más actuaciones y dieron el cerrojazo. La tristeza y rabia fueron terribles, pero al cabo de no mucho tiempo la necesidad de su gente permitió que volviera a abrir sus puertas. Y así entiendo que la propuesta de Unatoñi de mantener vivo el blog es el deseo de mantener abierto este espacio en el que unos seres nos hemos ido reuniendo a alimentar nuestras ilusiones. Pero “las autoridades” me han hecho regresar y el paseo ha terminado, y las cosas que voy a vivir aquí, aunque estoy contento y tengo ganas de disfrutar de cada día, creo que no son suficiente fuente de inspiración como para seguir manteniendo vivo el blog… Imagino que poco a poco entraría en una lenta agonía y eso aún provocaría más tristeza que su repentina desaparición. Crónica de una muerte anunciada es un buen libro, pero ya está escrito. Como tampoco se ve muy posible que nos podamos juntar todos para una fecha concreta; ya se sabe, las obligaciones de cada cual lo hacen muy difícil. Bueno, yo mantengo ese fin de semana como fecha para encontrarnos, y los que no puedan acudir, pues seguro que encontramos otro momento para juntarnos.
Pero el que haya finalizado una etapa no tiene que ser motivo de tristeza sino de inquietud esperando la siguiente. Nuestra Campana tañirá de nuevo más temprano que tarde llamándonos a todos para avisar de que la roulote empieza a calentar su motor, y estoy seguro de que esta vez más de uno y de una hará un esfuerzo para subirse a ella. Y será muy hermoso.

Aún así, se me ocurre una posibilidad (igual hay otras) de intentar no perder el contacto entre todos y todas y es una muy usada, y que por ejemplo Morigán y yo junto con los amigos de la universidad estamos llevando adelante y que con sus altibajos lleva funcionando creo que casi un par de años. Se trata de algo tan simple como crear lo que llaman una “lista de distribución”, es decir, mandarnos correos electrónicos que en el “Para” estemos todos los del blog. A veces se termina usando sólo para mandar powerpoints y chorradas de esas, pero en el grupo de amigos que estamos con Morigán, normalmente solemos contarnos cosas interesantes, y ha habido momentos realmente atractivos y creativos. Y ahí no hay patrón, cada uno es libre de decir lo que quiera. Así que si me decís que no os parece mal que desvele vuestros correos electrónicos en un “Para” con todos ellos (como informático que parece que soy, estos detalles no los olvido, jeje) pues iniciaré la rueda. Hala, manifestaros.

La roulote

Viernes, 30 de Noviembre de 2007

Recuerdo de cuando tenía 15 años que Morigán y los hermanos “Moletes” jugaban a aprenderse el mapa mundi de memoria. Y aunque no era el más indicado para juzgar sus conocimientos en aquel momento (la geografía mundial no era mi fuerte, ni tan siquiera la española que como sabe muy bien Morigán, me desbordaba; pienso que me habría ido mejor naciendo en Bilbao, allí los mapas mundi son más pequeños), creo que se sabían todos, absolutamente todos los detalles geográficos de nuestro mundo. Podían recitar sin vacilar todas las capitales con los estados a los que pertenecían, los nombres de las montañas con sus alturas, los lagos y sus dimensiones exactas… Ya no recuerdo si les envidiaba o les admiraba, pero sí me quedó de aquello que la tierra se me antojaba inconcebiblemente grande y, por tanto, imposible de llegar a conocerla con solo una de nuestras vidas.

Con el paso del tiempo, cuando me encontraba con Moletes pequeño y terminábamos hablando de viajes, de esos viajes que él nunca emprendía, siempre nombraba uno de sus sueños: ir a la Patagonia, visitar el Perito Moreno, llegar hasta Tierra de Fuego. Mientras el me hablaba emocionado, yo en silencio intentaba deducir en qué parte de Argentina estaría la Patagonia, y cómo debía ser ese famoso glaciar, y si en Tierra de Fuego habría muchos volcanes en permanente actividad… En el transcurso de los años, Moletes pequeño encontró un trabajo del que siempre dice que lo quiere dejar, se casó, tuvo un hijo, y se separó. Ha sido una vida intensa hasta ahora, pero todavía sigue soñando con comprar un billete de avión que le lleve a esas tierras fantásticas que tan bien conoce pero en las que nunca estuvo. Muchas veces me he preguntado por qué las personas demoramos a veces tanto cumplir nuestros sueños. Cuando la salud propia juega a nuestro favor, y la de los seres cercanos sigue el mismo camino, no le veo mucho sentido a reprimir nuestros sueños, sea viajar, cambiar de trabajo, cambiar de vida o lo que nos pida el alma.

LadyH me pedía alguna reflexión, algo que aportar de lo que he aprendido en este tiempo. Y lo más valioso ha sido lo que, sin proponerselo, me han aportado otros viajeros u otros que tras viajar echaron raíces en nuevas tierras lejanas a sus orígenes. Así, me acuerdo de Isvet e Iván que con su niño de 5 años reparten sus vidas entre tres países; o Ricardo, que encontró un nuevo hogar en San Luis dejando en el recuerdo a su entrañable Barcelona; o mi querido Flavio, que la misma semana que dejé Brasil él se fue hacia Italia a buscar fortuna dejando en la Bahía a su entrañable hijo; O Wander en la mítica Itaparica; O estos otros dos catalanes, cuyos nombres ahora tendría que mirar en la agenda, que dejaron todas sus comodidades y su estatus de bienestar del que gozaban, renunciaron a seguir teniendo asegurada una tranquila jubilación, y se lanzaron a pasear por donde les guian sus azarosos pasos. O Raider, el noruego que creó el sueño de la casa de la Rua do Bispo, olvidando la desarrollada Noruega; O David que sigue con su flamenca guitarra repartiendo alegría mientras sus alumnos de la universidad pueden seguir esperándole sentados; O Maite, o Guille, o Amankay, o Phil, o el Toro o Jonathan, o… tantos otros que ignorando el guión establecido se han lanzado a hacer lo que realmente deseaban. “Como si no fuera natural de la vida el poder hacer lo que uno siente desde el corazón” (palabras de una montañera que reposa en la falda del Aconcagua).

Me decíais alguno que los relatos os iban permitiendo soñar. Debo decir que vuestra cálida, entrañable y sobre todo inolvidable presencia me ha hecho soñar también cada día. En todos los lugares que visitaba, cada actividad que emprendía, me imaginaba compartiéndolo con alguno o varios vosotros, según las inquietudes y gustos de cada cual. Viajé solo sabiendo que es la mejor forma de no estar solo, pero no imaginé que iba a estar tan maravillosamente acompañado. Decir más palabras me llevaría a caer en la ñoñería y sensibelería, y yo soy un hombre, joder, y no debo permitirme esas debilidades, jajajaa…

Y sabéis, hace unos días que tengo un sueño. Imagino una roulote que inicia un viaje sin billete de vuelta. A ella la gente va subiendo y bajando según las estaciones por las que pasa, según el tiempo del que es capaz de disponer cada cual. Unos sólo podrán estar dos semanas, otros lo alargarán hasta un mes, algún venturoso funcionario tendrá hasta dos meses, y habrá quizá quien se quiera quedar más tiempo, a hacer de ella su nuevo hogar por un periodo indefinido…

Y no puedo evitar finalizar este viaje con la misma canción que me acompañó cuando lo empecé. Como todos los aquí lectores sois hábiles con la tecnología, no creo que os cueste encontrarla si os apetece escucharla. Lástima que aún no he aprendido a meter sonido en el blog. A ver si aprendo en este impás hasta el próximo viaje.

Mucho amor para todos y todas.


Soltar todo y largarse

(Silvio Rodríguez)

Soltar todo y largarse, qué maravilla,
atesorando sólo huesos nutrientes,
y lanzarse al camino pisando arcilla,
destino a las estrellas resplandecientes.

Pantalones raídos, zapatos viejos,
sombrero de ventisca, ojo de garra,
escudriñando enigmas en los espejos
y aprendiendo conciertos de las cigarras.

Con amores fugaces e inolvidables,
con parasiempres grávidos como espuma
y el acero afilado de los probables
colgado vigilante junto a la luna.

Soltar todo y largarse, qué fascinante,
volver al santo oficio de la veleta,
desnudando la vida como un bergante
y soñando que un día serás poeta.

Tigre

Viernes, 30 de Noviembre de 2007

Penúltima entrada. Estaba pendiente, al igual que la de los cartoneros, pero esa, dado que puede resultar deprimente, no tiene sentido meterla ahora en el blog, no me apetece. Lo dejo para la sesión de fotos. Y esta la voy a hacer cortita, el tiempo apremia!
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Tigre está a poco más de una hora de Baires, en pleno delta. Cuando estuve allí, llegue a sentir por algunos momentos sensaciones tan placenteras como las que me regaló Itaparica. Hermosa naturaleza y sosiego reconfortante lo suficientemente alejado de la capital como para no sentir su agotador ritmo, y lo suficientemente cerca como para disfrutar de lo bueno de baires siempre que lo necesites.
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Supongo que en España será posible encontrar lugares similares. Quizá la costa levantina todavía guarde alguna sorpresa por ahí escondida que unida a su suave clima puede ser una alternativa válida como para montarte tu paraiso particular. Puede. Pero aún así, hay sensaciones como las vividas en la Bahía con las que dificilmente se puede competir.
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Pero si por esos azares de la vida me tocara vivir en Buenos Aires durante un largo tiempo, Tigre tendría muchos números para convertirse en mi hogar.

Parque provincial del Aconcagua

Miércoles, 28 de Noviembre de 2007

Para hacer el viaje de Salta a Mendoza, 18 horitas, compré como de costumbre billete de la categoría barata, para mezclarme con el “proletariado”. Aún así, un viaje en esta categoría es infinitamente más cómodo acá que en el más moderno de los buses españoles. En esto nos llevan una ventaja enorme. Pero cuál fue mi sorpresa cuando me vi rodeado de una multitud de bolivianos (gente maja, sin duda, aunque fue en su fiesta en BsAs donde me robaron…). El bus venía desde Jujuy pero ellos ya venían viajando desde Bolivia. El colectivo presentaba un aspecto deplorable y eso que sólo llevaba una hora de viaje, pero era normal, porque eso no era precisamente un viaje normal, si no más bien parecía una migración en toda regla. Resulta que era gente que viajaban a Mendoza a trabajar en la fruta, y claro como iban a estar varios meses llevaban toda la casa a cuestas, incluídos todos los niños que la naturaleza había tenido a bien traer a su mundo boliviano. Por entre las piernas de la gente aparecían inmumerables niños gateando igual que si fueran pequeños felinos que pasan su lomo por tus piernas en busca de alguna casual caricia. Eso sí, al igual que los mininos, eran silenciosos, muy silenciosos. No lloró ninguno en toda la noche, y eso que había decenas de ellos. Está claro que aunque muy pequeños, ya estaban curtidos en estas aventuras.

Supongo que el que a punta de mañana hubiera un control policial entraba dentro del guión. Nos hicieron vaciar todo a todos. Miraban hasta dentro de los botes de champú, con una seriedad y frialdad algo acojonadora. Cuando mi mochileta estaba ya frente al guardia de la derecha, recordé que mi bolsita de hojas de coca que me sobraron de mis insensateces montañeras de Cachi, estaba en esa mochila. Pero ya era tarde. El tipo me vació prácticamente todo, pero… la bolsita con las hojas no la encontró! Soy un tipo con suerte, no me cansaré de recordármelo.
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Al final no encontraron nada a nadie, aunque luego me confesaron mis compañeros de viaje que algunas cosas se habían quedado amagadas arriba dentro del autobús…
Por cierto que la comunicación con esta gente no era fácil. Hubo un rato que como no entendía nada, me preguntaba si estaban hablando en quechua o en qué incomprensible dialecto o lengua, y cuando les pregunté me dijeron sorprendidos que hablaban en castellano… Sigo pensando que me estaban tomando el pelo. Pero sí que es verdad que se percibía un nivel cultural bajísimo. El abuelo que iba a mi lado (tendría cerca de 70, era el abuelico de la prole de al lado) no pudo jugar al bingo con el que nos obsequió el personal del autobús, porque no entendía los números cuando los cantaban. Y no tengo claro que siquiera los supiera leer en el cartón.

El viaje no me deparó más sobresaltos y ya en Mendoza encontré una combinación para ir en la siguiente hora directamente hasta Penitentes, el pueblín muy cerca del Parque del Aconcagua, en el que había un albergue; y allí que me fui. El nombre del albergue “Campo Base”, prometía bastante. De hecho, la chica que se encargaba de ello me prometió para por la mañana toda la información que me hiciera falta.
Mi intención era acercarme lo más posible al Aconcagua, ver de cerquita ese lugar mítico donde destalentados como Garrido han vivido historias tan sobrecogedoras como las que nos regaló en el blog Morigán. Así que tras el desayuno pasé a la sección preguntas y directamente le pedí un mapa topográfico de la zona a la chica. No tenía, ni topográfico ni de ninguna otra naturaleza. La cosa empezaba a pintar mal. Le pregunté si en los pocos comercios que había alrededor podría encontrar, y me dijo que quizá en uno de ellos. Allí que me fui y sí, tenían uno escala 1:100.000 y otro 1:50.000. El primero era suficiente y cuando fui a pagar el tipo me pidió 35 pesos. Un robo sin duda. No voy ahora a explicar detalles económicos, pero claramente me estaba atracando. Esto lo confirmó luego la chica del albergue cuando se lo conté. Pero quizá lo que más me jodió, debo admitirlo (pasar este tiempo en tierra de psicoanalistas tiene que servir de algo), es que el tipo era un jovencito más alto que yo, de larga melena rubia y ojos azules… qué bueno estaba el hij… Qué me engañen se me hace duro pero que encima lo haga un tipo así… Bueno, necesitaba el mapa y lo compré, pero le dejé claro que sabía que me estaba engañando.
Cuando extendí el mapa sobre la mesa del albergue y llamé a la chica para pedirle consejo orientador, percibí cláramente cómo se le aceleraba el corazón, daba un paso atrás y dijó nerviosa “uy, yo con los mapas me pierdo”. Para evitar suspicacias femeninas, diré que al lado estaba un chico también del albergue que estaba a prueba esos días y cuando vio aquello se alejó disimuladamente dejando claro que tenía tanta idea de mapas como la encargada… Así que ante tal panorama, me limité a pedir la información de los horarios del colectivo para acercarme hasta el parque y me fui de “Campo Base” lo antes posible para no seguir perdiendo el tiempo.
Al final decidí ir andando hasta el parque3, porque apenas estaba a 10Km y en la recepción, con el imponente Aconcagua al fondo, obtuve la información que necesitaba. La pego aquí, que siempre puede ser interesante.
Aconcagua04
Yo quería hacer una caminata de 1 día (ahora, no sé por qué, todos le llaman “trekking”. En los tiempos en los que nos inciábamos en esto nadie hacía trekking, simplemente nos ibamos a hacer una caminata o una excursión, ¿verdad morigán?), así que la cosa me iba a costar 30 pesos lo cual era razonable, unos 7 euros. El que quiera ir hacer algo serio, ahí tiene las tarifas.
Como ya había gastado medio día en la busqueda de información, dejé la caminata Aconcagüesca para el día siguiente y me volví a ver si podía subir a algún monte cercano para saciar mis ansias montañeras.
Aconcagua05
Y yo no sé qué defecto de fabricación tengo, que cuando me encuentro con pedregales algo me impulsa a abandonar la comoda senda y aventurarme por esos andurriales. Una vez más, sin talento. Admito que lo pasé mal a ratos, total para subir a unos 3.600 m. escasamente, pero no lo podía evitar, sólo sabía tirar para arriba tragándome todas las piedras. Cuando llegué a lo que había marcado como destino, me senté a disfrutar de la vista y a tocar la quena que me había comprado en Salta. No es fácil tocar una quena, de verdad. En aquella soledad, sentado sobre una piedra y sin testigos que pudieran hacerme enrojecer, sentía una profunda vergüenza al escuchar aquellos ocasionales gemidos que emitía la caña esa. Tal debía ser mi despropósito musical, que un animal acudió ráudo y supongo que perplejo por lo que oía, a proteger su hogar. Suerte que acerté a ver al bicho con el rabillo del ojo y dar un salto:
Aconcagua06
era esa araña de medio palmo (sólo las he visto así en las películas) que se dirigía a toda leche hacia la piedra en la que estaba que tapaba el agujero de entrada a su hogar. Imagino que allí estaban sus crías, y supongo que acudía a cobijarlas bajo su cuerpo para que no sufrieran un irreversible trauma infantil. Decidí marchar, no fuera que hubiera más familia por allí cerca y la liaramos…

Al día siguiente emprendí mi ruta hacia el Aconcagua. En realidad ya me habían explicado que sólo podría hacer un ligero acercamiento hasta una altura relativamente baja, algo menos de 4.000. Allí está todo regulado, no te permiten ascender más que de un campamento a otro, te obligan a ir pernoctando en ellos para que no te afecte el mal de altura. Pero un día daba de sí para llegar hasta un lugar con buena vista. La subida la emprendí con compañía. Carlos Fernando, Francés muy majo de padres portugueses al que me he ido encontrando en varios albergues, incluído “Campo base”, y que iba con una excursión organizada de tres días. Así también pude conocer a María, madrileña, y a “Elvis”, alemán (era su mote, su nombre resultaba inentiligible). Y con ellos iban 7 alemanes más que eran los que marcaban el ritmo, pero por detrás… había que subir a la velocidad del más lento. Pronto quedó claro que estos no habían ido a la montaña con la intención de andar mucho… A cada piedra le hacían una foto, y anda que no había… Para muestra un botón; ahí vemos, tras María, Carlos y Elvis, a uno de ellos de rojo fotografiando la hierba, una piedra o vete a saber qué.
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Así que decidí abondonar el grupo, yo que no estaba sujeto a sus ferreas leyes, he hice una subida a una velocidad endiablada como no recordaba desde los tiempos en los que con Morigán vivíamos entrañables excursiones en los montes hispanos. No apareció el mal de altura, ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed. Fue espectacular, como si tuviera de nuevo 20 años. Fui feliz.
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Esta es la primera zona de acampada, donde hay que pasar la primera noche. Como sólo iba a estar ese día, me dejaron seguir un rato más. Por el camino me fui encontrando sorpresas como este micro-glaciar. No es el Perito Moreno, desde luego, pero era bonito.
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Y a unos 4.100 m., desde la “playa roja”, pude obtener esta visión de la pared sur del Aconcagua. Joder, hay gente que sube por ahí, habiendo una ruta más sencilla por detrás por la que no tienes que escalar.
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Leí en recepción que si vas a hacer la pared sur, tienes que firmar un papel en el que liberas de toda responsabilidad a la gente del parque y que si tienen que ir a rescatarte vas a pagar de tu bolsillo hasta la última gota de sudor que empleen en encontrarte (si te encuentran). Cuentan, que cuando llega el verano, y si aprieta el calor, en una parte del glaciar que se ve en la foto van apareciendo los cuerpos de dos brasileños que hace unos pocos años se quedaron ahí… Se ve que la familia prefirió la opción romántica de que descansaran en el monte antes que hipotecarse de por vida.

Y esta es la vista desde la entrada al parque cuando ya me marchaba.
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Foto nostálgica mientras le decía “hasta pronto”.

Fin del paseo norteño

Viernes, 23 de Noviembre de 2007

Voy a meter la última entrada antes del salto al Aconcagua, y en ella voy a dedicar algunas palabras al tema humano.

Bueno, primero los paisajes. Una vez dejada la Ruta 40 apareció el asfalto de nuevo en dirección a la quebrada de Humauaca, del estilo de la de las Conchas, y declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco. Como ya quedé suficientemente impactado en la anterior quebrada, esta ya no me pilló de sorpresa y llevé más relajadamente las emociones. La parte más bonita es la de Pulmamarca, pueblín que ha sabido explotar turísticamente los colorines que se avalanzan sobre sus calles. Lástima que el día nublado y hasta con niebla no me dejó hacer buenas fotos. En el pase “privado” que parece que va a tener que hacerse, je, ya se verán las imágenes más bonitas que pueda rescatar. En la ruta, pueblos interesantes como Humauaca (que dá el nombre a la quebrada) y Tilcara.
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Y ya al final de la quebrada, cerquita de la frontera con Bolivia, hay otro pueblo perdido (con su carretera de tierra correspondiente, claro) que se llama Iruya, a 300Km de la capital, Salta. En esta foto vemos la senda que va descendiendo hasta ese entrañable pueblín que vemos en la siguiente ahí debajo de las rocas.
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Iruya00

Acá en Iruya (de estrechas calles empinadas y empedradas, me recordaba bastante a nuestros pueblos) descubrí por qué mientras bajaba la senda esa, el coche derrapaba más de lo normal… En fin, a cambiar la rueda y rogar a mi diosa particular no pinchar de nuevo antes de llegar a una gomería (se llaman así, verídico).
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Y ya que había empezado diciendo que iba a hablar un poquico del lado humano, comenzaré ya. Durante todos los kilómetros recorridos por el norte argentino, además de las agradables sensaciones al contemplar lugares tan bellos, también me preguntaba muchas veces cómo era posible que la gente viviera tan aislada (y no me refiero al extremo caso particular de la encantadora señora come-coca y sus cabritillas) en pueblos de menos de 500 habitantes alejados por caminos de lugares tan solo un poco más grandes. Cuando en capital federal te hablan de la pobreza en Argentina, están pensando sobre todo en el norte, esta realidad por la que he ido paseando desde que hice mi entrada “triunfal” en Santiago del Estero. Las comunicaciones terrestres son tan precarias como os he ido contando (paseantes de Bolivia me explicaban que eso es lo normal en ese país, pero yo no me lo esperaba en Argentina), las comunicaciones digitales están tan abandonadas como las carreteras, pero la gente, en definitiva, se ha adaptado a vivir con los recursos imprescindibles. Pero aún así he percibido en todo momento alegría, de alguna manera me recordaba a mi añorada “terra da felicidade”. Y pienso que una de las principales razones por las que esta gente está “viva” es por la increible cantidad de niños que hay. El contraste es brutal con nuestros pueblos españoles que se encuentran en condiciones de aislamiento en alguna manera parecidas (bueno, parecidas… nosotros tenemos un poquico más de asfalto y las distancias son más cortas). Los pueblos españoles ya casi están sólo habitados por ancianos, y sin embargo en las calles de estos poblados argentinos casi sólo ves niños. Y aunque yo a veces me acuerdo bastante de Herodes, reconozco que en este caso las criaturas son las que están permitiendo que estos lugares sean habitables.
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Esta foto es de Iruya, era una demostración del profe de educación física, con cientos de niños haciendo ejercicios de todo tipo, coreografías de aerobic y cosas de esas que preparan los profes de ed. física. Es necesario fijarse en el potro de “última generación” con el que contaban y las colchonetas…

Esta otra es de Cachi, dos niños yendo a la escuela por la mañana, desde donde estaban aún les quedaban casi dos kilómetros para llegar.
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Y a estas dos niñas que estaban haciendo dedo a la vuelta del cole las acerqué hasta su casa que se ve ahí al fondo, con el horno allá atrás preparando pan, supongo. ¡Pan tradicional de leña, qué suerte!
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Esta fue cerca de Humauaca; la foto es un fracaso total pero en el coche iban metidos 8 niños, lo juro. Hacían dedo para regresar a casa y les dije de llevar a cuatro, pero como si fueran maños, se metieron todos y no hubo forma de sacarlos… Así que les dije que si nos paraba la policía le dijeran que me habían obligado a llevarlos a todos bajo amenazas, jaja. Se partían el culo.
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En fin, que esta es la realidad que mis sentidos captaron del norte de Argentina. Junto a las capitales relativamente desarrolladas y con comodidades, como Tucumán, Salta, Santiago, y algunos que otros pueblos medio grandes, te encuentras multitud de lugares en los que no parece que pueda habitar nadie, en los que viven como pueden o saben, pero por suerte casi siempre sonriendo.

Ruta 40

Miércoles, 21 de Noviembre de 2007

La inconsciencia humana no conoce límites, y yo, como humano que soy, tras escuchar diversas opiniones, le hice caso al policía de Cachi que me dijo que para ir a San Antonio de los Cobres se podía hacer bien por la Ruta 40, en lugar de volver a Salta y coger la ruta que circula paralela al tren de las nubes.
Así que arranqué el Focus y me adentré por la mítica ruta que en sus comienzos no me decepcionó lo más mínimo, como se puede adivinar por la fotografía.
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Pero pronto aparecieron las sorpresas. La siguiente fotografía, si bien se parece a la de la entrada anterior, un riachuelo cruzando la carretera, merece un comentario más detenido:
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La cosa es como sigue: lo que separa la parte seca de la húmeda es simplemente un caballón. Resulta que había un lugareño regando su campo de la derecha, y como también tenía tierras a la izquierda pues nada, simplemente levantaba un caballón en plena ruta nacional 40 y así el agua del campo de la derecha pasaba al de la izquierda… ¡Para qué te vas a molestar en poner unos tubos de uralita (además no deben saber qué es eso) si con una solución tan simple se puede regar sin problemas! Busqué al lugareño, un jovenzano muy simpático, y me dijo que todo el barrizal que esperaba a mi Focus era consistente y que no me iba a quedar allí embarrancado como yo sospechaba. Le pregunté si creía que era sensato seguir por este camino hacia S. A. de los Cobres y dijo que sí, que sin ningún problema, que me encontraría varios ríos atravesando el camino pero que se pasaban sin problemas… En fin, no iba a contradecirle, así que tiré para adelante y sí, efectivamente pasé el barrizal de un tirón y me enfrenté a las siguientes dos docenas (más o menos) de arroyuelos que fueron refrescando los bajos del focus y calentando mi corazón que a cada sorpresa de estas se aceleraba pensando en las decenas de kilómetros que me quedaban de caminata bien para adelante bien para detrás para buscar ayuda (cobertura del móvil, cero, claro) si el carro se quedaba en alguno de los arroyuelos…
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Aquí una foto de uno de ellos; pronto se me quitaron las ganas de hacer más fotos y concentré todos mis sentidos en la conducción. En cada uno de ellos paraba, salía del coche, examinaba la profundidad del cauce, buscaba la trazada más segura con las piedras más consistentes, y me metía de nuevo al carro confiando que la diosa fortuna un día más estaba de mi parte… Puedo agradecer a los arroyuelos, eso sí, que no fuera pensando que por el camino sólo cabía un auto, y que los precipicios se sucedían uno tras otro a ambos lados del coche según por dónde discurrían las curvas…

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Ya estaba cerca de la cima cuando tuve una aparición de la que no guardo más que el recuerdo en mi memoria (indeleble, eso sí), ya que no sé hacer fotos en estas situaciones: una mujer, en un lugar abandonado de manos humanas y divinas, a casi 5.000 m. de altura, paseaba tranquilamente a sus cabras mientras iba haciendo ganchillo… Mientras me hablaba sin dejar de sonreir en ningún instante, una pasta verde le rezumaba por entre cada una de las uniones de sus dientes… Vivía allí sola, en un caserón de adobe que había visto un poco más abajo y que yo consideré que estaba en ruina total. Vivía con sus cabras y con su hija. Su sustento eran las cabras y lo que sacaba de vender lo que producía a los turistas que, como yo, no tenían otra cosa mejor que hacer que pasar por allí… Y vivía bien, decía. No le pude comprar nada porque tenía todo en la casa. Y no era una mujer que fuera a aceptar una limosna. Me deseó buen viaje y siguió haciendo ganchillo sonriente…

Todavía sobrecogido por la escena anterior, llegué enseguida a la parte más alta de la ruta, Abra el Acay.
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Y precisamente allí encontré el primer (y hasta ahora único) rastro del algún aragónes. Y claro, no pude evitar dejar yo también mi marca.
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En la bajada, por fortuna, ya no me encontré más riachuelos. E iba más relajado pensando que esta ruta se puede hacer de varias maneras: a pie, en bici, en moto, en 4×4… todas atractivas, pero en un Ford Focus nuevecito de alquiler… eso sí que es una aventura, hostias, qué destalentao que soy!
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Ahí se ven las distancias. Ya había recorrido 102 emocionantes Km. y aún me quedaban 45 más hasta llegar a S.A. de los Cobres, que no era más que una escala en mi camino (nunca mejor dicho) hacia la Quebrada de Humauaca. Y mientras iba en el descenso pensando que hacer esta ruta en bici debía ser casi imposible debido a la altura, aparecieron a 6Km de la cima una pareja en sus bicicletas. Debían tener más de 50 años e iban subiendo a toda hostia. Sólo supe detener el coche y aplaudirles como un gilipollas…

Hace tiempo que tengo claro que por donde mis emocionadas chancletas van dejando sus huellas, otros muchos han ido ya antes y han vuelto…

Cachi

Miércoles, 21 de Noviembre de 2007

Tras este periodo de hermosa incomunicación andina, he vuelto a la ruidosa civilización y con ella las puertas de internet se han vuelto a abrir. Pero dejo el Aconcagua para cuando le toque, y voy a retomar lo que me quedaba pendiente.

Las provincias de Salta y Jujuy resultaban lo suficientemente vastas y aparentemente inhóspitas como para que me decidiera a agenciarme un vehículo que me permitiera visitarlas sin el lío de los colectivos o de las agencias que te venden paquetes turísticos carísimos y borreguiles. Y así fue que la agencia “Amapaicha” de Salta se atrevió a alquilarme un Focus nuevecito, con tan solo 6.000 Km.
A los pocos kilómetros de dejar Salta dirección a Cachi, el asfalto se convirtió en tierra. Ya había sido avisado de que el asfalto no llega a todos los sitios en este país.
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Y al poco de transitar por la ruta de tierra, apareció este pequeño riachuelo… No alcanzaba el dinero para asfalto y lógicamente mucho menos para puentes o similares. Pero lo que me dejó más atónito fue la señal que había en la siguiente curva y a la que no pude hacerle foto porque me seguía un camión nervioso. La señal decía: “Recuerde que lleva los frenos mojados”… sin más comentarios.

El ”rally” siguió tranquilo hasta Cachi, pasando ya por zonas que estaban a 3.400m. y el Focus portándose de maravilla, con sus amagos de derrapaje incluidos.
Yo venía hasta esta zona obsesionado por lo que había visto en el mapa: montañas de más de 6.000 m, que parecían casi a tiro de piedra en el mapa. Y Cachi, pueblo a 165Km de su capital, la mayoría de los cuales discurriendo por tierra, era un lugar tranquilo y agradable, a la vez que sorprendentemente lleno de vida. Pero yo iba a lo que iba, a hacer el cabra, y me fui a dormir con la idea de madrugar para intentar acercarme lo más posible a una cumbre de 6.250m. que había por ahí cerca, ignorando por supuesto todo lo referente al mal de altura y a mis condiciones físicas de personje que venía de vivir los últimos meses en “il dolce far niente de Brasil” y la vida nocturna de Buenos Aires…

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El objetivo era ese picacho blanco que se ve al fondo. Y ahí que me lancé a las 8 y media de la mañana, con media docena de plátanos, 3 naranjas, un trozo de pan y queso, y litro y medio de agua. Ah, y mi bolsita de hojas de coca, que no pensaba utilizar, por supuesto, sólo las llevaba para un caso de emergencia extrema. (Bueno, intentaré resumir las 11 horas de caminata para no ser demasiado pesao…)
A las 3 horas de subida comencé a masticar las hojitas de coca… Cierto acojono ante unos síntomas “extraños” y la inmensa soledad que me rodeaba, me llevaron a engullir mi orgullo y a hacer lo que dice el manual del lugareño. Y la verdad es que la cosa funciona, me empecé a encontrar mejor, y pude afrontar los pedregales que se me venían encima uno tras otro con algo más de frescura (la senda se terminó al poco de salir, y ya no supe de más de ella).
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Había escuchado muchas veces, incluido en este blog, eso de que con la altura te cuesta caminar, que cada paso te lo tienes que pensar y todo eso, y… bueno, pues es cierto, suceden esas cosas cuando no estás habituado, y si además eres el despojo fruto de caipirinhas sin control y Fernets con cola hasta las tantas, pues para qué contar…
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La montañita estaba cada vez más cerca, pero no sé si refleja en mi rostro que yo cada vez la veía más lejos…
Me puse un límite horario, una hora en la que estuviera donde estuviera me diera la vuelta y tomara el “camino” de regreso para poder llegar hasta el coche con algo de luz del día. Mientras avanzaba, cada vez más lentamente, me encontré a una vaca (¿qué cojones hacía allí esa vaca?) muerta y devorada por los bichos, y pensé “mira imbécil, como te caigas y sólo que te tuerzas un tobillo, te va a pasar lo mismo que a la vaca….”. Ciertamente hacía horas que no había ni el más mínimo rastro de que por allí hubiera pasado algún ser humano, y ningún indicio de que fueran a pasar…
Llegada la hora fijada, me detuve derrotado y miré lo “poco” que me faltaba. No tuve fuerzas ni para hacer una foto decente…
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Supongo, por lo que luego me contaron, que llegué muy cerca de los 5.000m.
Y ya sólo quedaba bajar… Mi corazón se recompuso, pero tenía que usar mi dolorida cabeza al 100% para no cometer ni un solo error y dejármela ahí entre los pedruscos que tenía que sortear uno tras otro.
11 horas después de la salida, y ya avistando ahí cerquita el árbol de referencia que tenía para regresar, me encontré a unos humanos que regresaban de una excursión por los alrededores y me invitaron a subir a su 4×4. Mi orgullo dijo “no, gracias”, quería acabar la escasa media hora que me quedaba para llegar yo solito, pero mi boca dijo, “sí, gracias”, y me subí al auto… Dos eran unos guias lugareños, que llevaban a dos mozas que les habían contratado, y tras explicarles lo que había hecho, me venieron a preguntar con amables palabras si era imbécil o gilipollas… Me preguntaron si no había visto ningún puma, al parecer viven varios por la zona. Les dije que no, que mi ilusión era precisamente haber visto animales, pero lamentablemente todo estaba en un silencio casi absoluto, ningún rumor de animal alguno… Y entonces aún me miraron más asustados, y dijeron “cuando no se escucha ningún ruido de animales es porque están todos escondidos porque perciben el peligro de algún puma cercano…”. Así que igual andaba yo escoltado por algún lindo gatito esperando paciente a ver si caía entre los peñascos…

Ya relajado por la noche ante un buen plato de comida y con la casual compañía de la pareja que conocí en Quilmes (Rodrigo y Cecilia), y también con las chicas que me recogieron en el 4×4, empecé a sentir los efectos del mal de altura cuando se pasó el efecto de la coca, y la cabeza parecía que me iba a estallar. Pero estaba sano y salvo, y el dolor de cabeza no podía empañar la satisfacción que me producía haber hecho el animalico y poder contarlo…

Hacia el Aconcagua

Sábado, 17 de Noviembre de 2007

Tengo un par de entradas interesantes pendientes de meter, pero ahora salgo hacia Penitentes, al ladito del Aconcagua, y me han dicho que quizá no haya internet por allá… Así que dejo este aviso para que se sepa, por si me quedo por allí unos días incomunicado.

Salud, suerte y sexo para todos y todas.

 

Quebrada de las conchas

Martes, 13 de Noviembre de 2007

Ni un centenar de exuberantes cubanas y brasileñas participando en el concurso “Miss tanga”, ni una concentración de “strippers” con pedigrí “talla mínima Rocco Sigfredi” y cada uno de ellos con dos tartas de chocolate en sus manos, podrían llamar la atención ni por un segundo a un geólogo y una geóloga en el valle de la quebrada de las conchas…

Quizá no sea el lugar que elegiría para vivir, demasiado agreste, una aridez tan hermosa como dolorosa; y aunque yo sea de tierras áridas, ciertamente la serenidad del susurrar de las olas en una playa de Itaparica me seduce más para iniciar una nueva etapa vital. Pero, la cautivadora belleza de este paraje, consiguió no sólo ponerme la piel de gallina en varias ocasiones, si no hasta ofrecerle la breve humedad de mis lágrimas emocionadas. Mmmmh, quizá quede un tanto cursi, no sé, pero no pude evitar sentir lo que sentí en aquel increíble paraje.

No había estado nunca jamás en ningún lugar en el que se pudiera apreciar con tanta claridad el paso del tiempo de nuestra tierra. Parecía como si todos los cambios geológicos que se han producido en la inmensidad de la tierra durante cientos de millones de años, se hubieran concentrado todos en un mismo lugar. En escasos metros se mezclaban rocas calcáreas, arcillosas, metamórficas, una infinidad incontable de distintos minerales, una desparrame insultante de colores… Estar allí, solo, sin más compañía que el ruido del viento que continuaba produciendo su imperceptible pero implacable erosión, me hizo pensar con infinita tristeza en la belleza de este planeta creada durante ese tiempo inconcebible, y que estamos a punto de destruir en lo que duran media docena de generaciones de esta estúpida especie animal que somos los humanos. Esto ha sido repetido en infinidad de ocasiones, pero es extraño, paradójicamente los políticos consiguen que una mentira repetida unas cuantas veces se convierta en una verdad, pero una verdad repetida miles de veces pasa a ser ignorada por esos que tendrían que hacer algo. Quizá sea mejor que se vaya todo a la mierda y esperar que el que se encarga de la combinatoria genética sea más hábil la próxima vez…

Bueno, dejaré que algunas fotos hablen por mí.

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Además de la sinfonía de colores y materiales, también había un par de lugares de singular belleza: “el anfiteatro” y “la garganta del diablo”. El primero era un lugar increible. En la foto no fui capaz de que se reflejara su forma circular, a modo de anfiteatro; y la particularidad, además de su belleza, era su acústica: impresionante. Desde cualquier lugar que hablaras, y por muy suave que lo hicieras, se escuchaba por todos los lugares de la cueva. Dudo que haya ningún teatro creado por el hombre en el que las condiciones acústicas sean tan perfectas como las que allí se dan. Todos los días hay músicos tocando y es una delicia. Me estuve allí más de una hora con la boca abierta.
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La garganta del diablo es una formación parecida a la anterior, pero que tan solo ofrece belleza, no tiene la particularidad de la acústica de la otra. Como no supe hacer ninguna foto buena, pongo esta vista desde dentro en la que aparece el imbécil de turno haciendo el mamón… Estos eran los momentos inciales de la excursión con la bici que alquilé. Estaba emocionado con lo que estaba viendo, pero todavía no sabía lo que me esperaba.
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Amaicha y Quilmes

Lunes, 12 de Noviembre de 2007

Siguiendo ruta por los valles calchaquies llegué a Amaicha, lugar del que dicen posee el mejor clima del mundo (todo es opinable; era un secarral, con mucho encanto, pero comparado con el clima de bahía…), y me instalé en el hotal de Graciela el “Hostal Amaicha”, absolutamente recomendable, y allí conocí a Manu, barcelones que llegó aquí para dos días y ya llevaba 4 meses.
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Manu era comercial en un concesionario de autos, todo le iba de maravilla, ganaba bastante pasta, pero… se cansó hace 7 meses, se fue a ver mundo y al llegar a Amaicha conoció a otro barcelones que había corrido suerte pareja, le propuso un negocio raro de cojones que no voy a contar aquí por no joderles la idea y va a probar a ver qué pasa. Si sale mal, tampoco se va a desesperar, ya saldrá el sol por otros pagos, pero no por la barceloneta…

En Amaicha no había mucho que hacer, salvo disfrutar de pasear por sus calles de tierra respirando (además de polvo) una agradable tranquilidad que me recordaba a alguna pelicula de mejicanos sentados en el quicio de su puerta con el sombrero calado hasta el ombligo dejando pasar el tiempo. Pero también se podía visitar el museo “Pachamama” de HECTOR CRUZ. Lo escribo con mayúsculas para que su nombre no pase desapercibido.
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El museo es lindo de verdad, pondría más fotos pero con esta ya sirve para hacerse una idea, está todo por fuera con diseños del estilo de este. Realmente lo que contiene el museo casi no tiene interés, es más bonita la edificación en sí. Además el tío también pinta, hace esculturas, tapices… Un artista, vamos. Pero… luego sigo con el pero.

A la mañana siguiente visité las ruinas de Quilmes con Sebastián Pastrana (su agencia no tiene pérdida, está en la plaza principal), guía también absolutamente recomendable. Y el amigo Sebastián nos contó (digo “nos” por que a la visita fui con una pareja, Rodrigo y Cecilia, los de la foto de abajo, majísimos, aunque no demasiado entrenados para subir cuestas, jeje) la emocionante historia de los Quilmes, antiguos pobladores de la zona.
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Los Quilmes vivían tranquilamente en su valle hasta que los vecinos Incas decidieron pasarse por allí. Ahí comenzó la resistencia de los Quilmes que pasaron de tener que defenderse de los incas a tener que hacerlo de los españoles que llegaron un poco más tarde a la fiesta… 130 años estuvieron resistiendo en su montaña, aguantando los contínuos sitios a los que los sometían, hasta que ya no puieron resistir más y fueron capturados. Pero los que quedaron vivos decidieron autoextinguirse: las mujeres capturadas decidieron no tener hijos y llegaron incluso hasta dejarse morir, todo antes de someterse a nadie…
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Lo que se ve en la foto son las ruias reconstruidas por Héctor Cruz, sí, el mismo del museo. Bueno, vamos con él. Resulta que el “amigo” Menem le ayudó a este hombre tanto con el museo como con las ruinas de los Quilmes. La ayuda consistió en pagarle la construcción del museo y la reconstrucción de las ruinas en su parte del valle. Los obreros estaban pagados por el estado (y siguen estando pagados parte de los que trabajan en las ruinas) pero este hombre no le paga nada al estado. Es decir, el estado le regaló al tipo este un museo y la explotación de un lugar que debería ser patrimonio de la humanidad. Y todos los beneficios que saca son para su bolsillo… Todo un artista! Ya se sabe que no siempre ser sensible al arte es garantía de ser buena persona, la historia tiene buenos ejemplos.

Esta es la pareja con la que compartí la subida a la parte defensiva de la ciudad de los Quilmes. El paso del tiempo con sus inclemencias está haciendo que los restos de esta civilización se estén deteriorando y perdiendo. Y como la zona es privada, pertenece al simpático Héctor Cruz, está descuidada perdiéndose un patrimonio increíble. La universidad argentina, por ej., estaría encantada de entrar allí para hacer estudios, pero no puede hacerlo.
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A ver si se entera alguien de fuera de este país, alguna universidad española o algo así, y pueden sacar a la luz y solucionar este despropósito.
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Para más información sobre el tema, http://www.sumajpacha.com/

Otra historia que nos contó interesante Sebastián fue que esta es tierra de comuneros. Esto significa que la gente del lugar tiene derecho a pedir una porción de tierra, gratis, para ponerla en producción. Si la cosa tira adelante y no era un bulo, la persona pasa a tener la propiedad de esa tierra. Uno que no pertenezca al valle, si se casa con alguien de allí pasa a tener ese derecho. Así mismo, los hijos de ese matrimonio tienen automáticamente ese derecho.
Pues eso, que si queréis tener un trozo de tierra gratis en el valle con el mejor clima del mundo, sólo tenéis que poneros vuestras mejores galas y venir aquí a buscar pareja.